Dos años de reinvención

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sábado, 21 de diciembre de 2013

Y aquí me quedo yo a mi mismo preguntando


En el eco de su voz resuenan aquellos sordos recuerdos,
gotas de alcohol, medicina del olvido, derramadas por la noche.

Intensa y cerrada, su mente, lúcida antes de partir
a la nada, donde flotan esencias del Líbano nunca traídas,
donde el discurso del ayer jamás fue pronunciado,
donde la existencia del no-ser jamás fue vivida.

Y aquí me quedo yo a mí mismo preguntando.

¿Qué será de mí cuando el destino me ahogue
y mi letra no quede grabada a fuego,
cuando sus caras se encapoten de un tenue gris,
cuando no sepa nada acerca de mi ir y venir?


Mis experiencias calladas por el silencio del tiempo,
sus protagonistas, ellos, desconocidos, no serán nadie para mí.
¡Oh!, ¿por qué, olvido, por qué diablos te abrazo a ti?

domingo, 15 de septiembre de 2013

Ella ya no es ni esencia

El cuerpo es la cárcel del alma. Mas el alma a veces consigue escapar y solamente nos deja de pie un cuerpo inanimado. El alma, esencia del ser, se ha marchado sin dejar despedirse, sin avisar de su partida y sin esperanzas de su regreso. No queda nada de su yo anterior, ha invadido su persona un nuevo olor. Un olor agrio que desorienta, que nunca pensamos que fuera a emanar. Su puño derrotado reúne fuerzas y golpea, y su boca se llena de blasfemias y de sentencias que, aunque guardan sentido, jamás hubiera pronunciado dentro de sus cabales. Vocablos que hieren y arden y que, a pesar de conocer que otro espíritu se ha hecho con su férrea compostura, rasgan sin motivo ni piedad. El resultado son heridas profundas que el tiempo convertirá en cicatrices marcadas y que permanecerán a lo largo del tiempo en nuestra superficie.

Ella ya no es ni esencia. Sí cuerpo, pero no alma. Sin algo etéreo solamente nos queda una muestra evidente de su presencia física, no espiritual. Ella no es ella. Ella no contiene a ella misma. Está vacía del ayer, del cariño que antes nos entregaba. Ese orgullo hacia nosotros y esas muestras de afecto y apoyo se esfumaron. Se ha reducido de todo a nada.

Pensé que olvidaría su alrededor, que no comprendería. No obstante, la realidad nos vuelve a dar de bruces. Su mente no cesa de maquinar algún plan, alguna absurda idea con un sentido más que aparente. Su fijación a los pequeños detalles es más intensa cada vez e intenta buscar una respuesta a su incompresible situación desconfiando de sus compañeros vitales. Nos rechaza, pues somos los culpables de amargar y dar un sinsentido a su existencia actual, esa que imagina su cabeza malherida. No sé ya si no nos quiere o si no nos quiere querer. De lo que estoy seguro es que sus palabras son vanas, sus acciones inconscientes y su presencia un vórtice que nos pretende confundir con lo que en otra dimensión -la del ayer- fue.

Únicamente nos queda dominarla, como si de un fiero guepardo se tratase. Someterla a nuestra voluntad y que su grito sea un vocativo sordo. Nos queda muy poco de ella y, para afrontar lo que nos ofrece diariamente, únicamente podemos rechazar ese pedazo de su verdadera personalidad. Es demasiado duro decir adiós a aquella señora que nos abrazaba con todas sus fuerzas, pero mejor será guardar bajo llave aquel recuerdo dulce que a ella ya no le pertenece. Desgraciadamente, se consumó su destello y ahora solamente queda humo y oscuridad.

"Después de arder el fuego ya es solo humo, el infierno ya es solo humo", Extremoduro (Coda Flamenca)

lunes, 15 de abril de 2013

Llena tu cabeza de experiencia...


Lleno mi cabeza de experiencia
para que el tiempo vacíe la tuya.
Escribiendo memorias me hallo,
mientras carcomidos mis cabales,
en intento de recuerdo,
inventa vocablos al canto
de una malherida mente
que busca desesperadamente
un demente para acordarse
qué significa el olvido,
el mismo que me ha mentido
prometiéndome que nunca será
y que ni siquiera ha sido.

sábado, 9 de marzo de 2013

Blogger@s (II): Historia del olvido

Besó dulcemente sus senos todavía vírgenes y prematuros. Acarició sus mejillas y cada recoveco de su sugerente cuerpo. A pesar de no ser todavía una mujer, su figura estilizada y sensual auguraba unas vertiginantes curvas para cuando la pubertad finalizara. Dieciséis años ambos tenían y, a pesar de su temprana edad, él sintió sensaciones junto a ella que posteriormente no pudo experimentar con nadie más. Era ella su madurez, su firmeza, su sueño, y la amarraba con todas sus fuerzas mientras le hacía el amor, convencido de que así el futuro nunca la apartaría de su lado.

No mucho después, surgieron problemas en su relación y decidieron concederse un descanso. Un tiempo que se prolongaría demasiado. Fueron por riberas de ríos distintos: ella, valiente y decidida, bañándose y dejando que el agua recompusiese todas sus cicatrices; él, inmaduro e infantil, caminó sin descanso lamentándose de lo acontecido en el pasado. Había sido la mujer de su vida y, adulto ya, no se veía capaz de desprenderse de aquella ilusión adolescente. Enrabiado, deseaba olvidarse de ella y volver al punto de partida.

Por desgracia, el olvido lo escuchó y se apoderó de él en cuestión de meses. Le diagnosticaron la enfermedad del no conocer, del no saber, del no recordar. Al fin, desecharía todos los recuerdos en los que estuviera presente ella: su sueño, ya no tan deseado, vería la luz.

Tras recibir tan pésima noticia, se acostumbró a pasear diariamente durante el atardecer por el parque de su barrio. Era otoño y observaba, mudo de asombro, como las hojas se desprendían de sus ramas a la vez que los datos almacenados en su memoria se iban borrando. Caminaba y admiraba con el fin de atarse a ese mundo que pronto no conocería. No obstante, un día, su amor juvenil se cruzó con él. Pudo ver como su cara, antes caracterizada por la belleza eterna y la felicidad, se había tornado en un rostro sin expresión, amargado, abatido.

Sin pronunciar más que un tímido hola, ella se abalanzó a sus brazos y se besaron como hacían hace unas décadas que, en aquellos instantes, se avistaban difusas. Rozó dulcemente de nuevo con sus labios aquellos senos, ahora deshinchados tal vez por tanto pesar en su vida. Acarició sus marcados pómulos que sustituían aquellas sonrosadas mejillas, y contoneó su cuerpo femenino pero maltratado por el tiempo y la soledad. Él la amarró con todas sus fuerzas otra vez, convencido de que, si así lo hacía, el olvido no se la llevaría consigo. Lloraba porque aquellos recuerdos junto a ella, su rostro, su cuerpo, sus caricias, todo se desvanecería. Desafortunadamente, la olvidaría pronto, mucho antes que ella a él y aquello lo colmaba de dolor. No obstante, algo inesperado hizo que emergiera de sus pensamientos y refutara todas aquellas ideas infundadas. Ella le miró a los ojos, esbozó una mueca -sin reconocer- y pronunció la más temida e inusual cuestión: Y tú... ¿Quién eres?.



Siempre he estado al lado de ella y en realidad no la conozco nada, ni podré conocerla. Recuerdo aquellos paseos tras la salida del colegio cuando iba junto a mi madre y ella de camino a su casa a regar las macetas, recuerdo aquel mueble mojado siempre tras su intento de mantener sus plantas vivas. También recuerdo los interminables momentos jugando al parchís, las búsquedas cuando se iba y se perdía, las horas cuidándola, los días a su lado y los momentos compartidos. Han sido diecisiete años intensos que mucha gente cuestionaría si han merecido la pena o no. Quién sabe. Bajo mi punto de vista años maravillosos pasados a su lado. 

Cuando yo nací ella ya estaba enferma y he aprendido a vivir junta a esa persona que en un principio solo recordaba aquello que hacía más de cincuenta años que había ocurrido y que más tarde no recordaría nada. Los años han pasado y la verdad es que los primeros catorce fueron bastante diferentes a lo últimos. 

En aquellos primeros años había más familiaridad, aún nos recordaba, te cantaba canciones, te contaba cosas y podías intuir una pequeña porción de su ser dentro de aquel cuerpo marchito que poco a poco iba llenándose de arrugas y deshaciéndose de recuerdos. Recuerdo que muchas noches me enfadaba pensando en qué era lo que le pasaba, no era capaz de entender por qué aquella persona siendo mayor, no era capaz de aprender nada y cada día lo olvidaba más todo.Más tarde, conforme fui creciendo fui entendiendo que era aquella enfermedad que provocaba que esa mujer no fuera nada de lo que me decían que era. Aquella demencia senil que la fue devorando con los años.

Hace más o menos tres años, pasó de vivir de casa en casa a vivir en una residencia. Fue la mejor opción, allí tenía todo lo que necesitara a cualquier hora del día y allí podía recibir los cuidados necesarios. Estos años son los que mejor recuerdo, son años que he pasado yendo a verla, yendo a las fiestas que allí se organizaban y disfrutando cada día que la visitaba como si fuera el último que pasara con ella. Pero este último año todo cambió, ella quedó encamada, ya no la levantaban más que un ratito por la mañana, había días que ni abría los ojos y con el tiempo vi como se degradaba por completo. Su mente hacía años que estaba deteriorada y que ya no recordaba nada, más que fragmentos de canciones que no sé muy bien por qué, siempre hacía la mención de cantar si se los recordabas un poco. Y su cuerpo se iba consumiendo. 

Recuerdo aquel último día que la vi. Nada más entrar a aquella habitación en penumbra, vi sus ojos marchitos. En su rostro había una expresión que indicaba justo lo que hacía meses, ya sabíamos que ocurriría tarde o temprano. Con un simple vistazo sabía que no duraría más de esa semana. Compartí aquel rato de una forma especial con ella, bien sabía que sería el último. Le dí yo la cena y al despedirme, como cada día le di un beso en la frente. Aquel fue mi último contacto con ella, mi último adiós, mi despedida.

Juntando todos estos recuerdos y valorándolos junto todo lo que aquí no he podido escribir, todos ellos forman una bonita historia, forman nuestra historia. Una historia que jamás me arrepentiré de haber vivido, aunque los últimos años, no merecieran la pena por su sufrimiento. ¿Sabéis que día murió? El viernes de esa misma semana, el día de mi cumpleaños. Pensad lo que queráis de mí, pero yo creo que su muerte fue un regalo de ella para mí, pues aunque me apenara mucho despedirme, era lo que más deseaba. No quería que ella sufriera más.

Sus recuerdos, los guardamos sus familiares en montones de imágenes y sonrisas que compartimos juntos. Yo, personalmente, escribo su historia del olvido y la recuerdo cada día, por todos aquellos que ella jamás alcanzó a recordar.

Para mi yaya.


jueves, 13 de diciembre de 2012

Punto y aparte

Acabo de escribir sobre mi musa y la sustancia que la embriaga. Acabo de escribir palabras de anhelo, fuerza, positivismo que, por momentos, se han visto diluidas.

Aun sin ser consciente de la pésima recibida, me tumbo en la cama. Esto no debería haber ocurrido tan pronto. Sí, estaba preparado, dejé constancia de ello por escrito; no obstante, no estaba lo suficiente para que ocurriera ahora. Mis peores presagios han surgido, mis ilusiones más preciadas volatilizadas.

Me la imagino, a ella y a su delirio. De pie, con el abrigo y bolsas de la compra, las persianas bajadas y diciendo qué es de noche, presa del pánico que produce el olvidar y no entender por qué. Se me parte el corazón solo de imaginarlo. Y aún más si intento convencer a mi aturullado cerebro de que ni siquiera ha reconocido a su propia hija.

Por ahí dicen que no volverá a ser, otros que existe una ligera posibilidad de que su cabeza no haya vaciado todos y cada uno de sus pensamientos. Yo, paralizado por el miedo y la angustia del conocer por fin lo que la realidad nos brinda, intento consolarme. Consolarme a la vez que me convenzo que antes o después esto ocurriría, que es ley de vida y ya lo debería tener asumido.

Ahora, en estos instantes de decadencia emocional, me doy cuenta que tal vez no tendré portentosos músculos, pero soy una persona fuerte y decidida a resurgir con una sonrisa, a pesar de que hacerlo produzca en mí un dolor insoportable.

Quizás la próxima vez que la visite no se acuerde de mí, de su adorado nieto, pero no por ello tenemos que afirmar que todo este río de olvido ha llegado a su desembocadura. Tal vez mi madre y el resto de mi familia piensen así, que esto significa un punto y final. Seamos objetivos, no volveremos a aquellos felices años de risas y desenfado, no obstante, esto solo nos obliga a detenernos un instante y luego a continuar, aunque en la travesía ya no nos acompañe su cordura. En conclusión, no hay punto y final, solo punto y aparte.

Sustancia

Cuerda o demente, seguirá siendo lo que un día fue: la musa que invoco al comienzo de cada reflexión, aquella que me da la suficiente inspiración para expresar esta amalgama de emociones que me embargan.

Y ahora que no sé lo que siento, dudo incluso de nuestras creencias, de lo verdadero y lo irreal, de esas fuerzas sobrehumanas que pensamos que gobiernan nuestros actos, que dirigen nuestro atormentado futuro. Por eso pido a mi musa -una vez más- que me proporcione la certeza suficiente para poder perfilar mis abstractos sentimientos en una porción de papel, que me muestre la respuesta correcta. Es ahora cuando empuño mi lápiz al igual que un guerrero hace con su arma, y dibujo inteligibles letras, tales como estas:


No creo en nada.
Ni Dios supremo.
Ni ángel, ni guarda.
No creo en nada.
No existe la fe,
ni creo que exista el mañana.
Ni credos, ni rosarios,
ni oraciones, ni silencios,
ni Cristos, ni Santos.
No creeré en nada,
ni en espíritu, ni en Virgen,
mientras vivamos en la nada
y yo no sea nada.

Yo no soy nada... Ahora lo entiendo. Entonces mis problemas tampoco lo son. Y mi musa, esa que emerge en la locura paulatinamente, se reduce a un cero a la izquierda. No somos nada, únicamente efímeros individuos. No obstante, también somos algo, somos palpables al menos.

Me derrumbo en la cama, no encuentro respuesta. Me da miedo que mi musa deje de ser la que era, ya que en este bizarro mundo parece que todo cambia, parece que nada mantiene su esencia.

Leo. Amo la lectura porque es el único método mediante el cual encuentro solución a tanto enigma. Busco entre mis apuntes de filosofía, en busca de alguien que haya tratado este caso. Aristóteles y su principio de causalidad. Aunque todo nuestro alrededor varíe, siempre hay algo que permanece, por ínfimo que sea: la sustancia. Nuestra sustancia...

En algún resquicio de mi cerebro, la luz se hizo. Mi musa, mi querida abuela, ya no se comporta como antes: no es tan cariñosa, tan pacífica, tan atenta como un día lo fue. Desvaría, pronunciando sentencias sin sentido alguno. En su discurso no hay ni pies ni cabeza. No obstante, su sustancia permanece y se mantendrá ahí, en lo más profundo de su ser. Quizás su sustancia solo sea su cuerpo o un difuso recuerdo en su memoria (y en la de cada uno de nosotros); sin embargo, cuerda o demente, seguirá siendo lo que un día fue: mi abuela, una parte de mí a la cual quiero con locura.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Desorientación

Un barrio acogedor y diminuto se puede convertir en un absoluto infierno. Un abrasador Hades que muestra los indicios de una realidad que todos pretendemos evadir.

Día tras día, la anciana hacía su recorrido usual que correspondía a su propia manzana: carnicería, tienda de ultramarinos, pescadería y, de nuevo al hogar. Era tan corriente como atravesar dos calles que durante toda su vida habían permanecido allí. No obstante, el amargo momento de avistar aquellas avenidas como desconocidas había hecho acto de presencia.

"¿Dónde estará mi casa?", se preguntó. La tenía enfrente y ni siquiera podía reconocerla. La impotencia al observar cómo la demencia carcomía su cerebro se manifestó en una cristalina lágrima. Como amebas, las gotas fueron multiplicándose y la ansiedad, en aumento. Afortunadamente, decidió tranquilizarse e intentar recordar tan cotidiano dato. Cayó en la cuenta que su querido piso se situaba justo delante de ella y, rápidamente, sin esperar a que el inhospitable exterior la alcanzara, se internó en la vivienda.

Inmediatamente, tras entrar por la puerta, aún atacada por los nervios, hizo una llamada telefónica. Marcó el número de su hija con el fin de que la consolara y, desgraciadamente, yo escuché dicha conversación. La anciana relataba cómo había perdido la orientación y el gran esfuerzo que tuvo que ejercer para lograr situarse de nuevo. Mi madre acompañó a su progenitora en su interminable llanto. Unos especialistas ya habían anunciado que cualquier día esto ocurriría, pero ninguno de nosotros lo esperábamos tan pronto. ¿Actuamos? ¿Lo consideramos únicamente un lapsus? Era una decisión demasiado difícil...

Yo, conmovido también, me acerqué a mi madre que permanecía en estado de pánico. "Tranquila, son cosas de la edad", pronuncié con la voz entrecortada. Ni siquiera yo sabia si aquel síntoma era propio de sus años, si la edad fuera tan traicionera para cometer esa atrocidad, o si era simplemente una consecuencia de lo que tenía.

Una brújula. Nuestro cerebro no es nada más que eso, un instrumento más para orientarnos. Supongo que algún día todos olvidaremos dónde estamos y por qué permanecemos allí. Supongo que, pronto, todos nosotros nos sentiremos perdidos, acompañando a la desorientación que sufre una brújula cuando se acerca a una mina repleta de metales.

martes, 18 de septiembre de 2012

Cuando el recuerdo ni siquiera se acuerda de ti

Había llevado una vida inquieta y demasiado activa. Dueña y gerente de un bar, trabajaba día y noche, de sol a sol, lectivos y festivos. No obstante, ahora, postrada en un sillón, la única preocupación que tenía era que su televisión no se estropeara para ver las telenovelas y programas del corazón. Jubilada y sin ilusión por nada, quizás sólo por sus nietos, esperaba sentada a la muerte. Sin embargo, yo ni nadie quería que la muerte acudiera a ella.

Siempre se había comportado de una manera muy pesimista, pero últimamente echaba mano muy a menudo del recurso de la muerte. "¿Para que me voy a comprar un colchón nuevo si me voy a morir?", "lo único que queréis es que me muera", "me duele la espalda, ya queda poco para mi muerte". Pobre ilusa, le pierden sus propias palabras. Ojalá la muerte fuera tan rápida e indolora como transportar un cuerpo al ataúd. El destino le tenía que escarmentar. Lo peor es que el escarmiento sería dirigido, sobre todo, a su familia, a sus más allegados.

Ella creía que la muerte era el camino más fácil, pero no contaba con que podía ser el proceso más lento y doloroso posible para mí. Si supiera cuánto iba a sufrir en silencio, nunca hubiera pronunciado aquellas vanas palabras. Ella... tiene una enfermedad. Una enfermedad terrible. Sin embargo, no utilizaré ese término ni el nombre de la enfermedad que, al fin y al cabo, es sólo un vocablo que no nos dice nada.

Sólo diré que tengo miedo. Miedo yo y todos los que sufren los síntomas de esta enfermedad, que no son ni doctores ni pacientes, sino sus alrededores. Los sufro yo. El rechazo y el olvido, entre otros. La tristeza y la impotencia, por poner más ejemplos. Pero no hay síntomas ni efectos secundarios que nos hagan referencia a los verdaderos enfermos que, día a día, lloramos en silencio al pensar que el recuerdo, en un futuro no muy lejano, ni siquiera se acordará de nosotros.