Dos años de reinvención

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lunes, 21 de octubre de 2013

El diablo que habita en sus ojos. Entrega 666

Me pregunto cómo no pudieron observar sus ojos. Su semblante mostraba una realidad distinta, pero sus ojos, reflejo del alma, descubrían sus verdaderas intenciones. Todos los ciudadanos veían como ascendía al poder a través de unas elecciones democráticas, sin embargo, nadie supo predecir sus perversos planes futuros. Su dieta era vegetariana, mas sus ojos se alimentaban de todas las muertes que sus electores no esperaban en un principio. Nadie supo verme; pasé desapercibido en sus pupilas.

Aquellos ineptos, una vez rendidos a sus pies, se dignaron a fijarse en su mirada y me vieron a mí. Comprendieron lo que sucedía, aquello que ocurriría en un futuro y el desastre que habían desatado. Fueron conscientes de todo el terror que habían puesto en libertad por no haberse desprendido de las apariencias que cubrían su emblemática figura. Legiones a su nombre, sirviéndome a mí. Países a sus órdenes que yo, internamente, le dictaba. No hubiera sido sin mí. Él no fue el gran líder, lo fui yo y mis inteligentes estratagemas. Murió como cualquier ser humano, pero yo allí persistí. Más vale decir que se mató, débil, aunque yo no fallecí junto a él, puesto que el Infierno es inextinguible.

Tras él -tras de mí- quedó un campo de batalla bañado en sangre. El Holocausto parecía haber quedado atrás; sin embargo, no fue así. La muerte y la crueldad solamente había hecho más que empezar. Su presencia en la faz de la Tierra había dado lugar a la peor de las barbaries, pero todavía perduraría aquel desastre. El mundo pasado, tras aquellos nefastos años de ardua guerra, había evolucionado hasta dar lugar al mundo actual, sede quizás más llena de injusticias, muertes, crueldades y, en especial, mal.

Él y Yo fuimos sus orígenes.


El Apocalipsis no tardaría en llegar...

miércoles, 18 de septiembre de 2013

El diablo que habita en sus ojos. Entrega 5


"En nombre de Dios Todopoderoso, repudias a Satanás y a todos sus malos espíritus [...]"

Bajo la atenta mirada del sumo pontífice, el cuerpo pegó un vuelco totalmente involuntario. El religioso permanecía de pie, con una actitud nerviosa e insegura, mientras recitaba más de sus sagradas oraciones. Sostenía una cruz de madera, símbolo del cristianismo, colocada encima de su propio pecho.

Yo ya había poseído en otra ocasión el cuerpo de otro joven, no perdiendo así la costumbre de predicar mis mandamientos -aquellos que se pueden reducir a la regla "harás el mal"-. Invadido por mi esencia, su alma no era motor de su cuerpo, pues sentía impulsos malignos tal y como el eclesiástico citó.

Me resulta una situación verdaderamente cómica estos rituales tan plasmados en obras cinematográficas recientes. Todo parece tan sencillo como que un alto cargo de la Iglesia rocíe sobre el endemoniado un agua contaminada por la gracia de Dios y repita unas vanas palabras. En aquella ocasión, burlesco, decidí montar un espectáculo para justificar mi teoría.

Sin poder dominar el torso invadido por el Mal del muchacho, se aproximó a su corazón ese símbolo bíblico tan característico. Respondiendo al inhumano poder que posee la cruz sobre el diablo, proyecté un grito sordo a través de las cuerdas vocales del sujeto que en aquellos momentos se retorcía sobre el suelo.

A continuación, el pontífice recitó otro conjunto de oraciones al mismo tiempo que esparcía unas gotas de agua bendita sobre el tronco y la cara del chico. El chillido fue estridente y continuo. Le ardía su demoniaca piel, lo sagrado se introducía en sus venas mezclándose con su sangre.

Triunfante, el devoto dio la buena noticia a la familia del recién exorcitado. La bondad de Jesucristo había prevalecido sobre el maligno Belcebú. Tan satisfactorio resultó aquel proceso de sanación que, cuando el joven salió de aquella habitación lo hizo con una media sonrisa, dejándola vacía de cualquier espíritu. Únicamente quedó una sala repleta de imágenes de santos e iconos cristianos, y un pontífice derrumbado sobre el suelo, bañado en el charco de su propia agraciada sangre borgoña.

lunes, 2 de septiembre de 2013

El diablo que habita en sus ojos: Entrega 4

Mis afiladas garras estaban atadas a un poste de madera, el cual reposaba sobre un lecho de leña. Eran finales del siglo XV, fecha caracterizada por la primacía de la Iglesia Católica. Me reía entre dientes mientras un verdugo se acercaba a mí con una antorcha. Estaba situado en medio de una plaza pública rebosante de creyentes, quienes clamaban fidelidad al Señor. De repente, noté una ligera calidez en mis pies. Una llama de fuego se había prendido y se extendía cada vez más. A pesar de ello, mi sonrisa maliciosa no se apagó. No fallecería, pues soy inmortal. Me salvaría, pues soy mi propio Dios.

El bullicio se volvía más estridente y, entre insultos varios, se podía distinguir la palabra "hereje". La herejía, en aquella restrictiva Edad Media, era castigada duramente, ya fuera con el destierro o unos azotes en público, o bien, con la muerte en la hoguera o gracias a un instrumento de tortura llamado Garrote Vil. El objetivo de la institución era acabar, siguiendo las leyes divinas y en nombre del Mesías, con los apodados "diablos".

La abrasadora llamarada ígnea llegaría en cualquier momento a cubrir el cuerpo de aquel hombre en el que yo habitaba. Era el espíritu intangible de un docente que había estimulado a sus alumnos con teorías distintas y contrarias a la dictada por la estricta Iglesia del momento. Pobre Sócrates medieval que, aunque no fuera a beber de la cicuta, iba a morir por invitar a pensar. La sabiduría -mi sabiduría- había sido siempre rechazada desde tiempos inmemoriales.

Allí continuaba el profesor y yo, erguidos de orgullo, con una media sonrisa de victoria. Aquellas ideas ya habían sido promulgadas y, tarde o temprano, aquel mal sería la verdad absoluta. Por tanto, podríamos considerarnos héroes. Aquel había sido el primer paso hacia un futuro negro e incierto que traería un rechazo generalizado hacia el bien del momento. Había desatado una epidemia social, mas aquél era solamente el comienzo. Emergí de su cuerpo, ahora muerto, y me introduje en un ser diferente que propagaría mis dictámenes. Ahora era aún más malvado y cruel si cabe que mi sujeto anterior: Tomás de Torquemada, primer inquisidor católico general de Castilla y León.


lunes, 19 de agosto de 2013

El diablo que habita en sus ojos: Entrega 3

Entre la perfección nací, hace millones de años, rodeado de helechos, musgos, violetas, margaritas y todo tipo de fauna. Fui creado a partir de una semilla de la que, tras caer al suelo, brotó un erguido y enorme árbol perenne. Una vez completamente formado, ambicioso, quise abarcar aquel jardín sin límite ni frontera. Aunque, ¿qué puede hacer un árbol salvo mantenerse de pie a la espera de que alguien se acerque a él?

- Quizás, -pensé- debería metamorfosearme en algún ser que atraiga la atención de todos los elementos de mi alrededor.

No obstante, antes de que pudiera llevar a cabo ninguna acción, dos figuras hicieron acto de presencia en aquel entorno. Aquellos animales bípedos, aparentemente racionales, eran los primeros de una raza que posteriormente fue apodada "humana". El macho se hacía llamar Adán, mientras que el nombre de la mujer era Eva.

- Seguramente, -adiviné- ambos serán un capricho del Supremo, el piadoso y bonachón Dios.

Pasaban los días y Adán y Eva disfrutaban del Edén, felices, sin ninguna preocupación aparente ni una emoción negativa -gracias a mi no tardarían en sentirlas-. El Todopoderoso se percató de mis intenciones y advirtió a los dos humanos que no podían probar ningún fruto procedente de mí, a quien se refirió como el "árbol de la ciencia del bien y el mal".

Henchido de ira hacia Él, decidí transformarme en una atrayente y malévola serpiente que repta en busca de una presa fácil. Tal y como he hecho toda mi existencia, me arrimé a Eva y le aconsejé al oído que probara el fruto de mi árbol. Al principio se negó a beber de mi sabiduría pero, hechizada por mis perversos argumentos, accedió finalmente.

Se alimentó de mi sabiduría, pues tan solo soy eso. Soy el ser más sabio e inteligente de toda la Creación. Soy la chispa de fuego que robó Prometeo y el más delicioso y apetecible fruto del árbol del saber. Lo sé todo, lo bueno y lo malo, lo que alzaría a una civilización a los cielos y lo que más le empobrecería; mas yo he decidido vivir de las perversas decisiones. Soy la ciencia, la Verdad absoluta, por mucho que los dioses -o más bien los predicadores y devotos- digan lo contrario. Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso por asomarse a observar cómo el más poderoso nos mueve con sus hilos de titiritero, por descubrir las intenciones reales de su Dios, por el simple hecho de conocer. Ningún líder desea alguien más inteligente que él entre sus filas, por eso fueron desterrados a sufrir y padecer, y todo ello solamente por pecar. ¿Pecar por qué? Ambos se tuvieron que marchar por elegirme a mí, el más antiguo y único, el Pecado Original.

Adán y Eva, Tiziano

lunes, 12 de agosto de 2013

El diablo que habita en sus ojos: Entrega 2


Sus ojos desorbitados se posaban sobre la atenta y aterrorizada mirada de la joven. Él sostenía aquel revólver más que dispuesto a apretar el gatillo a menos que obtuviera respuesta de la paralizada chica.

- Lo repetiré, esta vez de mejor humor... ¿Con quién me engañas, cariño? - interrogó el hombre con lágrimas en los ojos y aparentemente calmado.

La mujer comenzó irremediablemente a temblar, augurando lo peor. Mas selló sus labios, a sabiendas de lo que esa decisión le acarrearía. Ella no tenía que añadir nada, ni siquiera que disculparse. No había hecho nada malo bajo su criterio y no declararía ante la presión de sus amenazas.

- ¡Dime con quién me engañas, joder! - gritó, rojo de ira - ¡Eres una meretriz, como todas! ¡Tan solo sois la mayor equivocación del hombre! Pero yo, ignorante, no me voy a equivocar más.

Intentando tranquilizarse para afinar su puntería, aproximó el cañón a la cabeza de su pareja. Estaba dispuesto a llevar a cabo su venganza. Sin embargo, en su interior, dos posiciones contrapuestas se batían en un duelo. Indecisión. Lo que podía hacer o no a continuación, le causaba una profunda indecisión.

Me acerqué a su oído sigilosamente. Quería pasar desapercibido, aunque no sería asunto difícil, pues para los humanos soy tan solo una esencia, una ráfaga de aire tan helada que causo a todos escalofríos. Le susurré al insensato y dubitativo muchacho una serie de instrucciones que debía seguir con cautela. Lo primero sería empuñar el arma decidido y dirigirle una mirada de superioridad y valentía. Lo siguiente sería apretar levemente el gatillo para que la bala saliera despedida, cortara el aire e incluso atravesara el alma de aquella belleza.

Totalmente convencido, iba a seguir mis pasos cuando, de pronto, algo aturdió aún más su ya atolondrada mente. Ahí estaba yo, aproximándome de nuevo a su oreja para proporcionarle otro consejo, otra salida. Me sorprendí a mí mismo mientras le recomendaba dejar libre a la chica, que se marchara y que se alejara de ella para siempre y, de dicha forma, no causarle más problemas. ¿Cómo podía yo aconsejar semejante barbarie? Yo, el diablo, el mal personificado. Aquella segunda decisión parecía piadosa, bondadosa, ¿por qué pronunciaba aquellas palabras? ¿Acaso esta causaría algún daño irreparable a alguno de ellos? A primera vista se vislumbraba como lo correcto aunque, ¿de veras lo era?

En aquel instante, maldije mis cuernos infernales y mis alas celestiales. Dos situaciones contrapuestas y ni siquiera podía decidirme por la que más me agradaría. Dos opciones y una ardua decisión. De repente, más vagas palabras se acumularon en mi boca. Muchas más alternativas al plan inicial, cada cuál más difícil de catalogar entre lo bueno y lo malo. Paulatinamente, el aturdimiento fue más notable ¿Qué haría un ángel? ¿Qué haría un diablo? ¿Qué haría yo?

domingo, 4 de agosto de 2013

El diablo que habita en sus ojos: Entrega 1

1ª PARTE: El Génesis

Oscuridad. De eso estoy compuesto. De agujeros negros y pozos sin fondo. De un ardiente fervor, del más malvado de los aromas y sabores. Mi cuerpo está forjado en un tono rojizo que pervierte las retinas de mi público, penetrando finalmente en su indefenso cerebro.

Soy aquel que no tiene ningún nombre, pero que ha recibido a lo largo de su existencia cientos de ridículos apodos. Soy Lucifer. Algunos me llaman Belcebú. Otros prefieren apuntar que soy un ángel caído. Ángel caído, curiosa denominación. Antes era la luz y la pureza y mirad en qué me he convertido, en ese ser indefinido de proporciones tenebrosas.

Quisiera sentirme querido, pero realmente el inmenso poder que poseo eclipsa cualquier otro absurdo sentimiento humano. ¿Quién necesita amor si se posee un cetro con el que gobierno en todo tipo de mentes? Un cetro con tres punzantes terminaciones al que muchos llaman tridente. Un tridente con el que hacer sangrar, con el que poder controlar, manipular y gobernar a mi antojo.

Mi edad es eterna. Hace tiempo que cumplí milenios, incluso podría afirmar que millones de años. Nací junto a los primeros homínidos, crecí junto a avanzadas civilizaciones como la egipcia, la griega y la romana, y me he mantenido joven hasta la más inmediata actualidad. Vivo al lado de ti, al acecho de cualquier decisión que puedas tomar, para intentar convencerte de lo malo. Sin embargo, y a pesar de mi gran experiencia, todavía me pregunto qué es el mal. ¿El mal es aquello que nos perjudica y nos hace sufrir? ¿Es acaso lo que repercute negativamente en nuestro alrededor? Yo, ni siquiera siendo quien soy, sé distinguir entre lo malo y lo bueno, entre lo que haría yo y lo que llevaría a cabo el más bondadoso de los dioses. Dioses, otro curioso término. Yo, semejante a Él, también deberé ser un Dios. Quizás no venerado pero, sin duda, una deidad es lo que soy. Soy omnisciente, omnipresente y omnipotente. En estos mismos instantes, habito dentro de ti, dentro de tus ojos llenos de furia, venganza y crueldad.

Erguido y mostrando una sonrisa maliciosa, me dispongo enfrente de un hombre de mediana edad que apunta con una pistola a la sien de su propia mujer. El insensato todavía no se ha decidido, permanece dubitativo sin bajar el arma. Espero. Pronto sabrá cómo actuar y hará lo más conveniente para él. Pronto elegirá su opción y espero con ansias a que finalmente me escoja a mí, ser resistente a cualquier brillo de luz, amo y señor de las tinieblas.