Dos años de reinvención

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sábado, 12 de octubre de 2013

¿Justicia o injusticia? (II): El juicio de hoy

Políticos corruptos sin su condena penitenciaria correspondiente, asesinos que vagan por la calle tranquilamente, insignificantes ladronzuelos que no pueden ser juzgados por sus hurtos menores, reincidentes que por buena conducta son puestos en libertad antes de tiempo. Injusticias, en resumidas cuentas, para la mayoría. ¿Realmente la Justicia existe en España? ¿Y en otros países del mundo? Tal vez unos respondan a ambas cuestiones con un no rotundo, y otros solamente otorguen una negativa a la primera pregunta, pues creen que las medidas correctoras empleadas por otras naciones sí son adecuadas. ¿Qué penas son estas? La más agresiva que posiblemente nos viene a la mente es la condena a muerte, mas, ¿es efectivo este castigo?

No obstante, no adelantemos acontecimientos por ahora. Es necesario antes establecer un nexo con la Justicia que predominó en el ayer para caer en la cuenta del significado tan amplio que puede recibir este término hoy en día, puesto que ha variado desde el nacimiento de la Filosofía del Derecho. Como asiduamente proponemos, comenzaremos con una autorreflexión: ¿qué entendemos por Justicia?

Elaborar una definición universal sería el método idóneo según el filósofo griego Sócrates, llegando a la conclusión de que la justicia es tratar a todos por igual. A primera vista, parece completamente válida, pero tal vez en este terreno pantanoso ganarían los sofistas con su relativismo. Si realmente el concepto de justicia fuera universal e inmutable, todos los países se regirían por las mismas leyes. No obstante, recibiremos explicaciones diferentes acerca de la justicia si hablamos con un estadounidense, un español y un fundamentalista islámico, por poner unos cuantos ejemplos. Entonces, ¿cómo podemos imponer unas normas a seguir si ni siquiera podemos apuntar qué es lo justo? Esta quizás es la razón principal por la cual existen tantos sistemas judiciales y tantas leyes que, desde nuestro punto de vista sociocultural, nos parecen tan absurdas e ineficaces.

En los países desarrollados y civilizados, a lineas generales, ya nos hemos olvidado de aquel dicho ojo por ojo y diente por diente y hemos edificado un sistema judicial aparentemente sólido y justo. No nos detendremos a analizar la estructura de la Justicia actual, pero sí cabe resaltar el papel que juega un personaje que defiende nuestra individualidad en un juicio: el abogado. El abogado trata de, valiéndose de las leyes que gobiernan nuestro país, exculpar al acusado o víctima que le ha contratado. Para la mayoría, su trabajo nos resulta ejemplar y esencial para que el juez dé una sentencia justa y castigue a quien se ha aprovechado de la libertad del otro. No obstante, ¿acaso los asesinos o corruptos no poseen un abogado defensor? Hay ocasiones en las que el juego, la tergiversación y la picaresca de los abogados prevalece por encima de su erudición. Por tanto, ¿de veras los necesitamos? ¿Podríamos imaginar un mundo sin abogacía? En la comedia de dibujos animados Los Simpsons satirizan esta cuestión, tal y como se puede observar en el vídeo inferior.



A continuación, trataremos la Justicia en España en la actualidad. Ya son múltiples casos -tan significantes como el de Marta del Castillo o todos los vinculados a la corrupción- que han permitido que perdamos la credibilidad en la verdadera Justicia. U otras, a menor rango, como que un ladrón no será encarcelado si la posesión robada es económicamente inferior a quinientos euros. Todo esto nos hace replantearnos si este país funciona correctamente, pues parece ser que se recompensan a aquellos que infringen las normas y se comportan de manera poco cívica. Mas este no es un problema referente a la más inmediata actualidad, sino que ya en la pieza teatral Luces de Bohemia, Valle-Inclán dejó patente el esperpento que asola nuestra nación. Recordemos que Don Latino de Hispalis, compañero pícaro del protagonista Max Estrella, se queda con el billete de lotería premiado que pertenecía a su fallecido amigo que, para colmo, era ciego. Un sagaz símbolo de los premios que reciben los malvados e incompetentes en España.

Tras esta breve reflexión, ¿debería equipararse España a las legislaciones presentes en otras naciones? Por ejemplo, podríamos decir que la ley terrorista de EE.UU. es, al menos, efectiva, pero a un precio muy alto. Infringir la privacidad de los estadounidenses -y de todo el mundo, del que creen ser dueños- es una de las horrendas medidas que tienen que seguir para garantizar la paz y la ausencia de actos terroristas -y, como no, para ejercer su control-. Un Gran Hermano, como diría Orwell, autor de 1984.

Sin embargo, esta no es la más inhumana de las leyes, pues existen aún en muchos países la pena de muerte. Uno de ellos es, de nuevo, los polémicos Estados Unidos que, según un informe de Amnistía Internacional, desde 1977 hasta 2011, más de 1400 personas han perdido la vida por esta condena. ¿Un gobierno que impera por la seguridad y libertad del hombre puede infringir todos sus principios de esta manera? Parece que sí pero, ¿acaso está justificado seguir empleando una técnica tan medieval? De nuevo, gracias a otro informe reciente de Amnistía, hemos podido descubrir que la pena de muerte no reduce los delitos graves en países donde se aplica. Más bien hemos reafirmado nuestra creencia, porque sin llevar a cabo ningún estudio sabíamos que este castigo era totalmente inútil.

Otra pena muy discutida últimamente es la cadena perpetua. La mayoría pensará que la pena de muerte es mucho más dura y sí que pone punto final a la delincuencia del individuo; pero es necesario detenernos y entrar en un punto de inflexión. ¿Acaso el no poder decidir ni obrar libremente no es el peor de los veredictos? Los humanos nacemos libres y la cadena perpetua deshumaniza al infractor. Peor que la misma muerte, dirán algunos. Y, curiosamente, este castigo inhumano es defendido por ciertos españoles que claman justicia ante la pasividad de los tribunales que no castigan duramente a quienes les ha causado un perjuicio irreparable. ¿Entonces la mejor solución sería pagar con la misma piedra?

Concluyendo, la Justicia de la actualidad es un debate todavía abierto y muy complicado a la hora de llegar a un acuerdo común. No obstante, y aunque suene muy radical, ¿de verás creemos ser capaces de acabar con todas las injusticias en el mundo? Es imposible, pues somos ajenos a muchas de ellas -sólo somos informados de aquellas que gozan de interés mediático-. Además, ¿acaso no gritamos diariamente que se haga justicia? Pues para que la justicia sea posible, deben existir injusticias. Cada oveja con su pareja y, para conseguir nuestro propósito, está claro que debemos echar mano del contrario. ¿Hay, acaso, vida sin muerte o luz sin oscuridad?


lunes, 9 de septiembre de 2013

¿Justicia o injusticia? (I): El juicio de ayer

¿Existía ya la Justicia en la Antigua Grecia y Roma?¿Las torturas son un instrumento de la Justicia? ¿Existe la Justicia a día de hoy en España? ¿La cadena perpetua o la pena de muerte son castigos inhumanos actualmente? ¿Qué sería del mundo sin abogados? ¿Cómo será la Justicia del mañana? ¿Seguirán existiendo delincuentes y cuáles serán las penas a los crímenes cometidos?

La libertad es, como muchos apuntan, una ficción. Nadie es libre, todos estamos atados a nuestras peores pesadillas, a los más deseables placeres, al despotismo de unos cuantos. Sin embargo, si tomamos como referencia la definición general de libertad, podríamos afirmar que es la facultad que poseen las personas para actuar siguiendo sus propios dictámenes pero dentro de los límites de unas reglas establecidas. Pero, ¿cuáles son esos límites? Grosso modo, cabe decir que la libertad propia finaliza donde está el respeto hacia los demás. Por tanto, cuando se atenta la integridad de la libertad del resto de ciudadanos es cuando hace acto de presencia la llamada Justicia. La Justicia pretende castigar los actos irresponsables, aunque últimamente se discute la acción real y eficacia de este organismo en materia de la preservación de la libertad individual. Por tanto, ¿cuán imprescindible es la Justicia para garantizar los derechos de los demás?


A simple vista, la Justicia parece tratarse de algo muy académico, sin embargo, en la cultura popular ya hay evidencias de esta práctica. El dicho "ojo por ojo, diente por diente", quizás no del todo justo, se tiene que considerar una posible resolución a un conflicto. Eso sí, a largo plazo, las consecuencias son pésimas para todo el colectivo. Es posible que a raíz de esta epidemia de ciegos y desdentados, se crearan unos pilares más sólidos para la solución de los problemas y fuera así como apareciera la filosofía del Derecho.

La filosofía del Derecho surge en la Antigua Grecia, donde se intenta fundamentar de forma racional las primeras leyes de la historia y los principios en los que deben basarse para considerarse legítimas y no un fruto de los intereses individuales de los poderosos. Junto a la aparición de la disciplina, se planteó un abundante afluente de preguntas que necesitaban ser respondidas. ¿Para qué sirven las leyes? ¿Es necesario que posean una justificación? ¿Cuál es el fundamento de dichas leyes y cómo podemos considerarlas justas? A lo largo de los años, hemos intentado contestar a las anteriores cuestiones y, a raíz de estas respuestas se ha ido construyendo el organismo de Justicia. Los romanos, quienes se inspiraron de los griegos, fueron los pioneros en crear Tribunales de Justicia que han permanecido en el tiempo hasta la actualidad.


A pesar de ello, el Derecho no ha garantizado nunca la ausencia de injusticias, e incluso las torturas han estado presentes hasta nuestros días. La Inquisición, el estalinismo y los fascismos son solamente tres ejemplos de los castigos inhumanos que se han cometido a lo largo del tiempo. Además, existen ciertos personajes torturadores dignos de mencionar y entre ellos se encuentra Vlad Draculea -de quien Bram Stoker se inspiró para escribir su famosa novela Drácula-. Vlad ha pasado a la historia por sus empalamientos, entre otras condenas como la castración o el desollamiento. La leyenda cuenta que disfrutaba de estos macabros espectáculos sentado y bebiendo de una copa con la sangre de sus víctimas.

Sin duda, se han cometido grandes barbaries a lo largo de los años, pues las torturas han estado a la orden del día. Sin embargo, por muy injustas que fuesen debían ser cumplidas obligatoriamente pues, al fin y al cabo, tal y como dijo Julio César, "la ley es dura, pero es la ley".

jueves, 4 de julio de 2013

¿Victoria o derrota? (II): Venite, triumphantes

Aprieta el gatillo. Comienza el juego de la ruleta rusa. Miradas nerviosas, glándulas sudoríparas en acción. En esta azarosa situación, únicamente se pierde o se gana. Quizás abandonar la partida sería la decisión más sensata: nuestro atolondrado día a día se mantendría en equilibrio. Aunque tal vez lo más ridículo y estúpido sea no apostar, rendirnos sin ni siquiera haber jugado.

<< Puedes descubrir más de una persona en una hora de juego que en un año de conversación >>. Ya lo sentenció Platón, y es necesario confirmar que el filósofo estaba en lo cierto. La entrega en la batalla y la predisposición a los desafíos que pueblan nuestra vida son aquello que nos moldea en personalidad. Hablar únicamente conduce a monólogos monótonos sobre situaciones idealizadas nada cercanas a cómo actuaríamos en la realidad. No obstante, a través del juego se aparece ante nosotros la verdad más transparente: cómo somos realmente.

Ese interrogante se reduce a dos respuestas que corresponden a dos únicos instantes en un reto: el momento del triunfo y el de la derrota. Saber sobrellevar la victoria es igual o incluso más indispensable que encajar una dura crítica o una fatídica pérdida. Mas el sensual sabor de la grandeza siempre nos atrae con sus armas deplorables.

Cuando alzamos la copa nos sentimos superiores e, inevitablemente, comparamos nuestra capacidad con la mediocridad del resto de humanos, aún a sabiendas de que dicha cualidad antes también nos caracterizaba a nosotros. La mayoría de las veces clamamos victoria al alzar nuestros dedos índice y corazón y, siendo embrujados por la malicia, la codicia y la ambición, giramos nuestra palma de la mano dedicando a nuestros espectadores un gesto obsceno.

Venid, triunfantes, venid, pero mejor será que dejéis de lado vuestra absurda superioridad. En esta competición a la que apodamos vida, en la que todos derrochamos esfuerzo y sacrificio, no existen eternos ganadores ni derrotados. A lo largo de nuestras efímeras vidas sufriremos en múltiples ocasiones y experimentaremos una antítesis muy acusada: el dolor del abatido y la alegría del vencedor. Levantaos tras la caída y caeos cuando os coloquéis vosotros mismos en un pedestal más alto del que os pertenece para que, así, vuestra vida sea un continuo e imparable logro. Esa, queridos lectores, es la clave del éxito más ansiado.

martes, 25 de junio de 2013

¿Victoria o derrota? (I): Non semper "vini, vidi, vici"

El continuo reto que nos ofrece nuestro día a día puede llegar a ser insoportable. Cada acción que emprendemos desemboca en un resultado positivo o negativo, por lo que podríamos afirmar que la vida es un auténtico desafío. No obstante, hay ciertas ocasiones en las que se puede perder todo o ganar el más honorable de los premios.

Julio César, romano ególatra e incansable, conquistó cada uno de los territorios de la antigua Galia, tal como narran sus Comentarios de la guerra de las Galias. Pedante como el que más, narra en tercera persona cómo el gran general impuso su poder en territorios ajenos a la urbs sin suponerle ningún esfuerzo.

Sin embargo, y a pesar de lo largo que se sitúa en el tiempo -e incluso en lo que a la personalidad se refiere-, este personaje continúa siendo uno de los mayores emblemas en el ámbito de los retos. Su cita Alea jacta est ya es mundialmente conocida y muy empleada a la hora de enfrentarse a una de esas decisiones que nos causan una insufrible incertidumbre. Lo dejamos todo en manos de la suerte, porque ya hemos hecho todo lo posible para acercarnos a la meta.

No obstante, no todos podemos ser como el eterno César que conseguía sus propósitos en un abrir y cerrar de ojos. No todos podemos pronunciar aquello de vini, vidi, vici (vine, vi, vencí). Anterior al resultado, hay un arduo esfuerzo para hacerse con lo soñado, pues el éxito no es instantáneo. No todos tenemos un potente ejército y unas numerosas cohortes a nuestro servicio para cumplir nuestros deseos.

Por todas estas razones, los seres humanos hemos fracasado a lo largo de la historia. Hemos arriesgado y perdido lo más valioso que teníamos. Hemos apostado una dignidad que ha sido reducida y derrochado todo nuestro sudor de manera inservible. Por otro lado, la cara oculta de esta Luna esconde la victoria. Cuando alguien se arrodilla derrotado, otro ser se proclama vencedor.

Mas el quid reside en no desfallecer jamás. Cada reto perdido nos acerca al ansiado triunfo que cada día que pasa es más inminente y que será -por lo menos- gratificante, por el simple hecho de haberse embarcado en un viaje de proyectos aparentemente imposibles pero que, tras tanto quehacer e impotencia, debemos afirmar que para nosotros no lo son.

sábado, 13 de abril de 2013

¿La Historia se repite? (III): Memoria colectiva

La Historia, como todos sabemos, suele estar compuesta de tensiones bélicas y sus consiguientes guerras, de Constituciones y reformas, de tradición y de progreso. No obstante, este conjunto de aspectos que presenta esta ciencia no se crean por sí solos ni son lo más importante.

La Historia la hacen los ciudadanos, los que acatan las leyes y aquellos que se rebelan contra lo establecido. La Historia la escriben los propios humanos que la experimentan y, los rasgos más cercanos a ellos deberían ser los primordiales. La sociedad y la cultura conforman ese charco que refleja a todo un pueblo y a la situación del país en el que residen. Una opinión muy extendida entre los autores literarios de la Generación del 27, en especial, el gran Miguel de Unamuno, que profundizó en el término intrahistoria, defendiéndolo ante otros componentes de la Historia. Al fin y al cabo, ¿qué nos interesa una crisis económica capitalista sino resaltar la euforia consumista característica a priori y el sacrificio de los ciudadanos durante este periodo? ¿Qué importancia reside en una guerra sino las penurias sufridas por la población?

Por lo tanto, ¿por qué la Educación se empeña en taladrarnos en la cabeza cientos de nombres de reyes visigodos, fechas concretas y desarrollos de guerras interminables? Si eso es lo esencial dentro del transcurrir de millones de vidas, la mía ya puede terminar. Quizás no sea un renombrado personaje de la época pero algún día me gustaría formar parte de una Historia, aunque sea la familiar. Poder sentarme alrededor de mis hijos, mis nietos, y relatar cómo se vivía en mis tiempos, narrar lo que sufrí y de lo que disfruté.

Esto recibe el nombre de Memoria Colectiva. La cuestión reside ahora en si la experiencia de nuestros antepasados colabora en el aprendizaje de lo acontecido en el ayer. ¿Hemos aprendido de testimonios como, por ejemplo, los de Galdós en sus Episodios Nacionales? La contestación es muy clara si se expone un caso mundial que todos conocemos: la Segunda Guerra Mundial vino acompañada de la Guerra Fría. Se suele decir que a la tercera va la vencida, pero parece que después de las trincheras y los campos de concentración, continuamos anhelando el poder total sobre el resto del planeta. La ambición siempre nos ha corrompido y nos corromperá.

Entonces, esto desemboca a su vez en otro tema a tratar: la enseñanza de la Historia en los colegios. Tras comprobar los resultados, ¿de veras sirve para algo aprender los sucesos ocurridos a lo largo de la Historia y, concretamente, durante la Edad Contemporánea? La primera respuesta que nos viene a la mente es un "no" rotundo. No obstante, ¿es conveniente no conocer nuestros orígenes ni hacia dónde vamos? Al fin y al cabo, somos el resultado de lo vivido por nuestros antepasados. Los estereotipos, las costumbres, la cultura y las instituciones que forman nuestro Estado. Somos lo que nos rodea, aunque este círculo de vivencias se empezara a conformar hace milenios. Tal vez la Historia no tenga utilidad para enmendar nuestros errores pero, al menos, nos hace ser humanos; unos humanos que escriben a pluma su propia vida recogida en la Memoria Colectiva de miles de generaciones.

sábado, 6 de abril de 2013

¿La Historia se repite? (II): Utopías y distopías

La Historia, aquella que ya hemos constatado que se repite siguiendo un patrón cíclico de continuo error, ha sido constituida por variadas utopías. Una palabra bastante peculiar. Utopía. Se suele decir que la vida en sí es una utopía. Pero, ¿en qué nos basamos para denominar algo como utópico?

Tomemos como libro modelo la Utopía de Tomás Moro. Ese intento de confeccionar una sociedad ideal fue revolucionario, pero no novedoso. El pionero fue el griego Platón que en La República nos desveló un nuevo mundo ideal y antagónico al de entonces. No obstante, fue Moro el primero en introducir este término a la vez que nos relataba cómo se disponía la isla de Utopía, la cual poseía el primer régimen comunista. Esto conformó una crítica y un rechazo a los nuevos sistemas de poder surgidos en aquella época de mano de filósofos de la talla de Maquiavelo. Utopía como él la llamó, y sin embargo, distopía. Los expertos opinan que en la práctica la idea de Moro no hubiese resultado.

Desde entonces, y especialmente en el Renacimiento, se puso de moda este género. La más conocida de las utopías fue, sin duda, la de Marx Engels. Buscaba en su socialismo utópico una idealización que, desgraciadamente, nunca se ha materializado en hechos. Y es que, iluso, Marx confiaba en la bondad de los individuos y en que ninguno de ellos impusiera su poder sobre el resto. La idea del rechazo de la lucha de clases era positiva, pero en la práctica la sociedad comunista se ha deteriorado (claro ejemplo el de países como Cuba, China o la restrictiva Corea del Norte que, aun defendiendo la desaparición de la lucha de clases, están plagados de opresores y oprimidos). Utopía, y sin embargo, distopía.

Aunque basta de información académica inútil y reflexionemos acerca de las situaciones utópicas. Podríamos resumir el término utopía como una alternativa ideal a la realidad, o sea, una organización en torno al bien común. Por el contrario, deberíamos acuñar como distopía una monstruosidad resultante de una idealización. La cuestión que se nos plantea en este caso es si realmente existe alguna utopía que no se degrade, que pueda crear ese mundo ideal que desde la Antigua Grecia se ha anhelado.

Con lo referente a la Historia, cabe preguntarse acerca de la continua repetición de utopías que no han sido finalmente útiles. Al fin y al cabo, las únicas opciones de modelo actual son el capitalismo y el comunismo, y ambos contienen aspectos negativos y en ellos se aprecian importantes diferencias con respecto a su vertiente original.

¿Lograremos hallar la combinación perfecta algún día? Por lo pronto, se puede afirmar que esto significará la solución mundial a tanto conflicto, el fin de la Historia tal cual la conocemos, es decir, monótona, repetitiva y cruel. Mientras tanto, viviremos en una sociedad que, aparentemente utópica, es una auténtica distopía que José Mª Merino ha coronado con estas decisivas palabras: <<Nunca hemos tenido tantas posibilidades de información, y sin embargo estamos muy mal informados. Nunca hemos tenido tanta capacidad de generar alimentos, y sin embargo tenemos un hambre espantosa>> Eso, queridos lectores, es una distopía, eso es en lo que diariamente vivimos: una sociedad hipócrita y llena de contradicciones sin sentido.


lunes, 1 de abril de 2013

¿La Historia se repite? (I): ¿Avanzamos o saltamos?

¿La Historia se repite? ¿Por qué las utopías dadas en el pasado se convirtieron en distopías? ¿Podemos aprender de lo acontecido en el ayer? ¿Es útil imponer en los centros educativos la asignatura como obligatoria y esencial para la formación del ser humano?



La Historia es un recuerdo. La Historia es el diario más íntimo de miles de generaciones. La Historia es el mecanismo de la humanidad para aprender y no volver a repetir lo que ha creado nefastas consecuencias sobre nosotros mismos. Sin embargo, este juego de engranajes se encuentra algo oxidado porque irremediablemente cometemos los mismos errores una y otra vez.

Hegel, filósofo marcado por la Revolución Francesa, profundizó en el término progreso, cuya definición todavía se encuentra muy difusa. ¿De veras progresamos o sólo avanzamos a zancadas evolucionando desde un comportamiento extremadamente conservador a una liberalidad desmesurada? Para responder a estas cuestiones, el alemán propuso una teoría, la cual conoceremos posteriormente como dialéctica hegeliana.

Según Hegel, la dialéctica tiene tres momentos: tesis, antítesis y síntesis. La tesis es una afirmación, la antítesis una oposición a la afirmación, y la síntesis el rechazo de la antítesis y una combinación de la afirmación y la negación. En resumidas cuentas e ilustrándolo, sería lo ocurrido en las últimas décadas de la sociedad española. Durante el régimen franquista, la censura lo dominaba todo, no existía la libertad de expresión. La democracia surgida en los años ochenta rompió completamente con las estructuras de la dictadura: el comportamiento liberal lo dominó todo y cualquiera podía hacer lo que le placiera, sin dar cuentas a nadie. Esta antítesis desembocó en una situación actual caracterizada por la corrupción, la cual surgió a raíz de la despreocupación y la euforia de emerger de un sistema totalitario como el de Franco, por lo que ahora andamos buscando una síntesis entre ambas políticas. Queremos liberalidad para todos los ciudadanos, pero creemos que sería positivo establecer duras represalias contra aquellos que abusan de su libertad perjudicando al resto.

Esto, sin duda, parecería la solución a todos nuestros problemas, pero Hegel no es tan optimista. De la síntesis evolucionaremos de nuevo a la tesis, conformando así un círculo repetitivo y monótono. Por tanto, la Historia sí que se repite (he ahí las cíclicas crisis económicas propias del capitalismo) y, a pesar de estar hartos de observar embelesados siempre el mismo fenómeno, nuestro orgullo no nos permite aprender de nuestros errores. Tal vez exista una fórmula mágica a nuestros fallos, una utopía que realmente funcione. No obstante, de la idealización de las utopías -y, más tarde, distopías- debatiremos en otra ocasión.