Dos años de reinvención

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viernes, 15 de mayo de 2015

Literatura, un arte conflictivo (II): Conflictos modernos


CONFLICTOS MODERNOS

HOMBRE VS. SOCIEDAD

EUGENIA: Esas lecciones, a las que mi corazón ayuda, me halagan demasiado para que mi espíritu las rechace.
SRA. DE SAINT-ANGE: Están en la naturaleza, Eugenia: basta para demostrarlo la aprobación que les das; apenas brotado de su seno, ¿cómo podría ser lo que sientes fruto de la corrupción?
EUGENIA: Pero si todos los errores que preconizáis están en la naturaleza, ¿por qué se oponen a ello las leyes?
DOLMANCÉ: Porque las leyes no están hechas para lo particular, sino para lo general, lo cual las pone en perpetua contradicción con el interés, dado que el interés personal está enfrentado siempre al interés general. Mas las leyes, buenas para la sociedad, son muy malas para el individuo que la compone; porque para una vez que lo protegen o le ofrecen garantías, lo molestan y lo atan las tres cuartas partes de su vida; por eso el hombre sabio y lleno de desprecio hacia ellas las tolera, como hace con las serpientes y las víboras que, aunque hieren o envenenan, sirven sin embargo a veces en medicina; se protegerá de las leyes como lo hará de estas bestias venenosas; se pondrá a cubierto mediante precauciones, mediante misterios, cosas fáciles para la sabiduría y la prudencia. ¡Ojalá la fantasía de algunos crímenes inflame vuestra alma, Eugenia! ¡Pero estad bien segura de cometerlos sin temor, con vuestra amiga y conmigo!
EUGENIA: ¡Ay, esa fantasía está ya en mi corazón!
SRA. DE SAINT-ANGE: ¿Qué capricho te habita, Eugenia? Dínoslo en confianza.
EUGENIA, extraviada: Quisiera una víctima.
SRA. DE SAINT-ANGE: ¿Y de qué sexo la deseas?
EUGENIA: ¡Del mío!
DOLMANCÉ: Y bien, señora, ¿estáis contenta con vuestra alumna? Sus progresos, ¿son suficientemente rápidos? 

Marqués de Sade, La filosofía en el tocador



HOMBRE VS. ÉL MISMO

Entonces, se lo ruego, cuénteme lo que sucedió una noche en los muelles del Sena y cómo logró no arriesgar nunca su vida. Pronuncie usted mismo las palabras que desde hace años no han dejado de resonar en mis noches, y que al fin yo diré por boca suya: ‘¡Oh muchacha! ¡Arrójate otra vez al agua para que yo disponga de una segunda oportunidad de salvarnos a ambos! ¡Una segunda oportunidad, ¿eh? ¡Qué imprudencia! Suponga, querido colega, que le tomo la palabra. Habría que pasar a los hechos. ¡Brrr…! ¡Qué fría debe estar el agua! Pero tranquilicémonos. Es demasiado tarde, siempre será demasiado tarde. ¡Afortunadamente!

Camus, A., La caída



HOMBRE VS. NO-DIOS

Digamos que te alejas definitivamente
hacia el pozo de olvido que prefieres,
pero la mejor parte de tu espacio,
en realidad la única constante de tu espacio,

quedará para siempre en mí, doliente,
persuadida, frustrada, silenciosa,
quedará en mí tu corazón inerte y sustancial,
tu corazón de una promesa única
en mí que estoy enteramente solo
sobreviviéndote.
Después de ese dolor redondo y eficaz,
pacientemente agrio, de invencible ternura,
ya no importa que use tu insoportable ausencia
ni que me atreva a preguntar si cabes
como siempre en una palabra.
Lo cierto es que ahora ya no estás en mi noche
desgarradoramente idéntica a las otras
que repetí buscándote, rodeándote.
Hay solamente un eco irremediable
de mi voz como niño, esa que no sabía.
Ahora que miedo inútil, qué vergüenza
no tener oración para morder,
no tener fe para clavar las uñas,
no tener nada más que la noche,
saber que Dios se muere, se resbala,
que Dios retrocede con los brazos cerrados,
con los labios cerrados, con la niebla,
como un campanario atrozmente en ruinas
que desandara siglos de ceniza.
Es tarde. Sin embargo yo daría
todos los juramentos y las lluvias,
las paredes con insultos y mimos,
las ventanas de invierno, el mar a veces,
por no tener tu corazón en mí,
tu corazón inevitable y doloroso
en mí que estoy enteramente solo
sobreviviéndote.

Benedetti, M., "Ausencia de Dios"

lunes, 5 de enero de 2015

Literatura, un arte conflictivo (I): Conflictos clásicos


CONFLICTOS CLÁSICOS

HOMBRE VS. NATURALEZA

       Las aguas que le rodeaban se iban hinchando en amplios círculos; luego se levantaron raudas, como si se deslizaran de una montaña de hielo sumergida que emergiera rápidamente a la superficie. Se intuía un rumor sordo, un zumbido subterráneo...Todos contuvieron el aliento al surgir oblicuamente de las aguas una mole enorme, que llevaba encima cabos enmarañados, arpones y lanzas. Se elevó un instante en la atmósfera irisada, como envuelta en una grasa de finísima textura, y volvió a sumergirse en el océano. Las aguas, lanzadas a treinta pies de altura, fulgieron como enjambres de surtidores, para caer luego en una vorágine que circuía el cuerpo marmóreo de la ballena.

Herman Melville, Moby Dick


HOMBRE VS. HOMBRE

     - Compañero Roldán, ¡tañed el olifante! Lo oirá Carlos y hará que regrese la hueste; el rey y sus barones nos socorrerán.
     Respondió Roldán:
     - No quiera Dios que por mi causa sean afrentados mis parientes, ni que la dulce Francia caiga en la vileza. Por el contrario daré muchos golpes con Durandarte, mi buena espada que llevo ceñida al costado; veréis la hoja completamente ensangrentada. Para su desgracia se reunieron los traidores paganos; os juro que morirán.
     - Compañero Roldán, ¡tañed vuestro olifante! Lo oirá Carlos que está atravesando los puertos; os aseguro que los francos regresarán.
     - ¡No quiera Dios que jamás nadie pueda decir que por los paganos hice sonar el cuerno! — le responde Roldán —; mis parientes no serán reprochados por ello. Cuando esté en la gran batalla asestaré mil setecientos golpes y veréis el acero ensangrentado de Durandarte. Los franceses son buenos guerreros y lucharán con valor, y los de España no tendrán quién los salve de la muerte.

Cantar de Roldán (Francia)



HOMBRE VS. DIOS

Pero Dios el Señor llamó al hombre y le preguntó:
–¿Dónde estás?
El hombre contestó:
–Oí que andabas por el jardín, y tuve miedo porque estoy desnudo. Por eso me escondí.
Entonces Dios le preguntó:
–¿Y quién te ha dicho que estás desnudo? ¿Acaso has comido del fruto del árbol del que te dije que no comieras?
El hombre contestó:
–La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí.
Entonces Dios el Señor preguntó a la mujer:
–¿Por qué lo hiciste?
Ella respondió:
–La serpiente me engañó y por eso comí del fruto.
Entonces Dios el Señor dijo a la serpiente:
–Por esto que has hecho, maldita serás entre todos los demás animales. De hoy en adelante andarás arrastrándote, y comerás tierra. Haré que tú y la mujer seáis enemigas, lo mismo que tu descendencia y su descendencia. Su descendencia te aplastará la cabeza, y tú le morderás el talón.
A la mujer le dijo:
–Aumentaré tus dolores cuando tengas hijos, y con dolor los darás a luz. Pero tu deseo te llevará a tu marido, y él tendrá autoridad sobre ti.
Al hombre le dijo:
–Como hiciste caso a tu mujer y comiste del fruto del árbol del que te dije que no comieras, ahora la tierra va a estar bajo maldición por tu culpa; con duro trabajo le harás producir tu alimento durante toda tu vida. La tierra te dará espinos y cardos, y tendrás que comer plantas silvestres. Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste formado, pues tierra eres y en tierra te convertirás.

Génesis, La Biblia

jueves, 17 de julio de 2014

La creación poética (III): La poesía es un arma cargada de futuro.

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,


cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.


Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.


Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.


Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.


Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.


Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.


Hago mías las faltas.  Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.


Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.


Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.


No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.


Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.



Celaya, G. Poesía urgente


sábado, 24 de mayo de 2014

La creación poética (II): Jorge Luis Borges

<< Me gustaría, en principio, avisarles con claridad de lo que cabe esperar -o, mejor, de lo que no han de esperar- de mí. Me doy cuenta de que incluso he cometido un error al titular mi primera conferencia. El título es, si no nos equivocamos, «El enigma de la poesía", y el énfasis recae, evidentemente, en la primera palabra, «enigma". Así que ustedes podrían pensar que el enigma es lo más importante. O, lo que aún sería peor, podrían pensar que me he engañado a mí mismo al creer que, en alguna medida, he descubierto el verdadero sentido del enigma. La verdad es que no tengo ninguna revelación que ofrecer. He pasado la vida leyendo, analizando, escribiendo (o intentándolo) y disfrutando. He descubierto que esto último es lo más importante. Embebido en la poesía, he llegado a una conclusión final sobre el asunto. Es verdad que, cada vez que me he enfrentado a la página en blanco, he sabido que debía volver a descubrir la literatura por mí mismo. Pero de nada me vale el pasado. Así que, como he dicho, sólo puedo ofrecerles mis perplejidades. Tengo cerca de setenta años. He dedicado la mayor parte de mi vida a la literatura, y sólo puedo ofrecerles dudas.

El gran escritor y sonador inglés Thomas de Quincey escribió -en alguna de las miles de páginas de sus catorce volúmenes- que descubrirun problema nuevo era tan importante como descubrir la solución de uno antiguo. Pero yo ni siquiera puedo ofrecerles esto; sólo puedo ofrecerles perplejidades clásicas. Y, sin embargo, ¿por qué tendría que preocuparme? ¿Qué es la historia de la filosofía sino la historia de las perplejidades de los hindúes, los chinos, los griegos, los escolásticos, el obispo Berkeley, Hume, Schopenhauer y otros muchos? Sólo quiero compartir estas perplejidades con ustedes.

Siempre que he hojeado libros de estética, he tenido la incómoda sensación de estar leyendo obras de astrónomos que jamás hubieran mirado a las estrellas. Quiero decir que sus autores escribían sobre poesía como si la poesía fuera un deber, y no lo que es en realidad: una pasión y un placer. Por ejemplo, he leído con mucho respeto el libro de Benedetto Croce sobre estética, y he encontrado la definición de que la poesía y el lenguaje son una «expresión».

Ahora bien, si pensamos en la expresión de algo, desembocamos en el viejo problema de la forma y el contenido; y si no pensamos en la expresión de nada en particular, entonces no llegamos a nada en absoluto. Así que respetuosamente admitimos esa definición, y buscamos algo más. Buscamos la poesía; buscamos la vida. Y la vida está, estoy seguro, hecha de poesía. La poesía no es algo extraño: está acechando, como veremos, a la vuelta de la esquina. Puede surgir ante nosotros en cualquier momento.

Ahora bien, es fácil que incurramos en un error muy común. Pensamos, por ejemplo, que, si estudiamos a Homero, la Divina comedia, Fray Luis de León o Macbeth, estudiamos la poesía. Pero los libros son sólo ocasiones para la poesía. [...]

Por ejemplo, si tengo que definir la poesía y no las tengo todas conmigo, si no me siento demasiado seguro, digo algo como: «poesía es la expresión de la belleza por medio de palabras artísticamente entretejidas». 

Esta definición podría valer para un diccionario o para un libro de texto, pero a nosotros nos parece poco convincente. Hay algo mucho más importante: algo que nos animaría no sólo a seguir ensayando la poesía, sino a disfrutarla y a sentir que lo sabemos todo sobre ella.

Esto significa que sabemos qué es la poesía. Lo sabemos tan bien que no podemos definirla con otras palabras, como somos incapaces de definir el sabor del café, el color rojo o amarillo o el significado de la ira, el amor, el odio, el amanecer, el atardecer o el amor por nuestro país. Estas cosas están tan arraigadas en nosotros que sólo pueden ser expresadas por esos símbolos comunes que compartimos. ¿Y por qué habríamos de necesitar más palabras? [...] >>

Borges, J. L., Arte poética


jueves, 22 de mayo de 2014

La creación poética (I): Gabriel García Márquez. In memoriam.


<< [...] Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.

Muchas gracias. >>

García Márquez, G., Discurso de aceptación del Premio Nobel (1982)

sábado, 7 de diciembre de 2013

Literatura Vital (XII): La balada de la cárcel de Reading

No vistió su chaqueta escarlata
    porque el vino y la sangre ya son rojos,
y sangre y vino había en sus manos
    cuando lo hallaron con la muerta,
la pobre que él amó
    y a quien en su lecho asesinara.

Caminó entre los jueces
    vistiendo el gris raído
con gorra en la cabeza
    y paso alegre y leve.
Pero jamás vi a nadie que mirara el día
    con igual ansiedad.

Jamás vi a nadie que mirara
    con ojos tan ansiosos
la pequeña tienda azul
    que los presos llaman cielo,
y a cada nube fugitiva
    que cruzaba con velamen de plata.

Confinado en otros patios con otras almas
    en pena me preguntaba
si había hecho algo grande
    o algo insignificante,
cuando una voz me susurró al oído
    «ese hombre va a la horca».

¡Cristo! Los muros de la prisión
    de pronto parecían tambalearse
y sobre mi cabeza era el cielo
    un casco de quemante acero.
Y aunque era yo un alma en pena,
    mi pena sentir no podía.

Supe qué pensamiento perseguido
    su paso apresuraba; supe por qué
miraba el día brillante
    con ojos tan ansiosos.
Había matado aquello que él amaba
    y tenía que morir.


* * * * *

Y sin embargo, cada hombre mata lo que ama.
    Que todos oigan esto:
unos lo hacen con mirada torva
    otros con la palabra halagadora;
el cobarde lo hace con un beso,
    con la espada el valiente.

Matan algunos el amor de joven
    y otros cuando viejos;
estrangulan algunos con manos de lujuria,
    otros con manos de oro:
el más amable usa el puñal
    para que el frío llegue antes.

Aman algunos poco tiempo, largamente otros.
    Hay quienes compran y también quienes venden.
El acto es cometido a veces en el llanto
    y otras sin un suspiro.
Pues todos matan lo que aman;
    pero no todos mueren.

No muere una muerte de vergüenza
    un día de desgracia oscura;
ni nudo al cuello en la garganta lleva
    ni paño sobre el rostro;
ni caen los pies primero por el piso
    al espacio vacío.


* * * * *

No se sienta con hombres silenciosos
    que lo vigilan noche y día,
que lo vigilan cuando busca el llanto
    y también cuando busca la plegaria.
Que lo vigilan; no sea que él mismo robe
    de la prisión la presa.

No se despierta al alba para ver
    formas temibles en tropel por la celda:
el aterido Capellán en su túnica blanca,
    el Alguacil adusto en su tristeza,
el Director en esplendente traje negro
    y el amarillo rostro del Desastre.

No se apresura en prisa lamentable
    a vestir el ropaje del convicto,
y un Doctor mordaz se regodea
    notando el tic nervioso de cada pose nueva;
y en la mano un reloj cuyos tictacs
    son como horribles golpes de martillo.

No conoce la sed brutal que lija la garganta
    antes de que el verdugo
se deslice con guantes de jardín
    por la puerta acolchada,
y lo ate con tres correas para apagar por siempre
    la sed de la garganta.

No baja la cabeza para oír
    la lectura del oficio mortuorio,
mientras el temor de su alma
    le dice que no está muerto;
ni se cruza con su propio ataúd
    al acercarse al cobertizo horrible.

Ni mira fijamente el aire
    por un techo de vidrio;
ni reza con labios de arcilla
    porque termine su agonía;
ni siente en su mejilla vacilante
    el beso de Caifás.



The ballad of Reading Gaol, Oscar Wilde [Parte 1]

Acompaña el recital del poema con este maravilloso ballet de Jacques Ibert, basado en la obra de Oscar Wilde

lunes, 28 de octubre de 2013

Literatura Vital (XI): Las dos hermanas

La Lujuria y la Muerte son dos buenas muchachas
que prodigan los besos y derrochan salud,
cuyo vientre que envuelve los harapos, es virgen
y en eternas fatigas no ha parido jamás.

Al poeta siniestro que odia a toda la familia
a quien mima el infierno, cortesano sin paga,
lupanares y tumbas dejan ver bajo frondas
la yaciya en que nunca durmió un cuerpo contrito.

Ataúdes y alcobas en blasfemias tan fértiles
como buenas hermanas nos darán a elegir
espantosos placeres y deleites horribles.

¿Cuándo vas a enterrarme, oh tú, inmunda Lujuria?
Muerte, ¿cuándo vendrás, su rival en encantos,
en sus mirtos infectos a injertar tus cipreses?

Las dos hermanas, poema 134 de Las flores del mal, Baudelaire C. [Traducción]


La Débauche et la Mort sont deux aimables filles,
Prodigues de baisers et riches de santé,
Dont le flanc toujours vierge et drapé de guenilles
Sous l'éternel labeur n'a jamais enfanté.

Au poète sinistre, ennemi des familles,
Favori de l'enfer, courtisan mal renté,
Tombeaux et lupanars montrent sous leurs charmilles
Un lit que le remords n'a jamais fréquenté.

Et la bière et l'alcôve en blasphèmes fécondes
Nous offrent tour à tour, comme deux bonnes soeurs,
De terribles plaisirs et d'affreuses douceurs.

Quand veux-tu m'enterrer, Débauche aux bras immondes?
Ô Mort, quand viendras-tu, sa rivale en attraits,
Sur ses myrtes infects enter tes noirs cyprès? 

Les deux soeurs, poème 134 de Les fleurs du mal, Baudelaire C.


miércoles, 3 de julio de 2013

Literatura Vital (IX): La casa de Asterión

* Jorge Luis Borges relata el mito grecolatino relacionado con Teseo y el laberinto del minotauro pero, esta vez, en boca del minotauro Asterión.



Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.

La casa de Asterión [Cuento completo], J. L. Borges

miércoles, 5 de junio de 2013

Literatura vital (VIII): Romance de la Guardia Civil

"Ciudad de los gitanos", canción del grupo de rock Marea basada en el poema de Federico García Lorca.

Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y de cera.
Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras.
Con el alma de charol
vienen por la carretera.
Jorobados y nocturnos,
por donde animan ordenan
silencios de goma oscura
y miedos de fina arena.
Pasan, si quieren pasar,
y ocultan en la cabeza
una vaga astronomía
de pistolas inconcretas.

¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas, banderas.
La luna y la calabaza
con las guindas en conserva.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Ciudad de dolor y almizcle,
con las torres de canela.

Cuando llegaba la noche,
noche que noche nochera,
los gitanos en sus fraguas
forjaban soles y flechas.
Un caballo malherido
llamaba a todas las puertas.
Gallos de vidrio cantaban
por Jerez de la Frontera.
El viento vuelve desnudo
la esquina de la sorpresa,
en la noche platinoche,
noche que noche nochera.
La Virgen y San José
perdieron sus castañuelas,
y buscan a los gitanos
para ver si las encuentran.
La Virgen viene vestida
con un traje de alcaldesa,
de papel de chocolate
con los collares de almendras.
San José mueve los brazos
bajo una capa de seda.
Detrás va Pedro Domecq
con tes sultanes de Persia.
La media luna soñaba
un éxtasis de cigüeña.
Estandartes y faroles
invaden las azoteas.
Por los espejos sollozan
bailarinas sin caderas.
Agua y sombra, sombra y agua
por Jerez de la Frontera.

¡Oh, ciudad de los gitanos!
En las esquinas, banderas.
Apaga tus verdes luces
que viene la benemérita.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Dejadla lejos del mar,
sin peines para sus crenchas.

Avanzan de dos en fondo
a la ciudad de la fiesta.
Un rumor de siemprevivas
invade las cartucheras.
Avanzan de dos on fondo.
Doble nocturno de tela.
El cielo se les antoja
una vitrina de espuelas.
La ciudad, libre de miedo,
multiplicaba sus puertas.
Cuarenta guardias civiles
entran a saco por ellas.
Los relojes se pararon,
y el coñac de las botellas
se disfrazó de noviembre
para no infundir sospechas.
Un vuelo de gritos largos
se levantó en las veletas.
Los sables cortan las brisas
que los cascos atropellan.
Por las calles de penumbra
buyen las gitanas viejas
con los caballos dormidos
y las orzas de monedas.
Por las calles empinadas
suben las capas siniestras,
dejando detrás fugaces
remolinos de tijeras.
En el portal de Belén
los gitanos se congregan.
San José, lleno de heridas,
amortaja a una doncella.
Tercos fusiles agudos
por toda la noche suenan.
La Virgen cura a los niños
con salivilla de estrella.
Pero la Guardia Civil
avanza sembrando hogueras,
donde joven y desnuda
la imaginación se quema.
Rosa la de los Camborois
gime sentada en su puerta
con sus dos pechos cortados
puestos en una bandeja.
Y otras muchachas corrían
perseguidas por sus trenzas,
en, un aire donde estallan
rosas de pólvora negra.
Cuando todos los tejados
eran surcos en la tierra.
el alba meció sus hombros
en largo perfil de piedra.

¡Oh, ciudad de los gitanos!
La Guardia Civil se aleja
por un túnel de silencio
mientras las llamas te cercan.
¡Oh, ciudad de los gitanos!
¿Quien te vio y no te recuerda?
Que te busquen en mi frente,
juego de luna y arena.

Romancero gitano, Lorca F.G.

domingo, 21 de abril de 2013

Literatura Vital (VII): Hombre

Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte, 
al borde del abismo, estoy clamando 
a Dios. Y su silencio, retumbando, 
ahoga mi voz en el vacío inerte. 

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte 
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo 
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando 
solo. Arañando sombras para verte. 

Alzo la mano, y tú me la cercenas. 
Abro los ojos: me los sajas vivos. 
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas. 

Esto es ser hombre: horror a manos llenas. 
Ser —y no ser— eternos, fugitivos. 
¡Ángel con grandes alas de cadenas!



Hombre, Blas de Otero

jueves, 21 de marzo de 2013

Literatura Vital (VI): El poema de Zeus

Cubre, ¡oh Zeus!, tu cielo
con nebuloso velo
y ejerce como el joven
que cardos coge,
en las cimas del roble y del monte;
mas déjame a mí la tierra,
sí, déjame estar,
y mi cabaña, que tú no edificaste,
y mi hogar,
cuya lumbre
¡tú me envidias!
¡Nada más pobre bajo el sol conozco
que vosotros, oh dioses!
Apenas alimentáis,
con impuestos de ofrendas
y el humo de preces,
vuestra majestad,
y pasaríais hambre,
si no hubiera niños y mendigos
locos llenos de esperanza.
Cuando un niño era
y no sabía de dónde ni a dónde,
alcé mis turbados ojos,
al sol, como si allí arriba hubiera
una oreja, para oír mis quejas,
un corazón como el mío,
para apiadarse del oprimido.
¿Quién me ayudó
contra la soberbia de los titanes?
¿Quién me salvó de la muerte
y de la esclavitud?
¿No lo has cumplido todo tú mismo
sagrado corazón ardiente?
¿Y ardías joven y bueno,
engañado, dando gracias
al que duerme allí arriba?
¿Yo honrarte a ti? ¿Por qué?
¿Has suavizado los dolores
del cargado?
¿Has detenido las lágrimas
del angustiado?
¿No me han forjado como hombre
el tiempo omnipotente
y el destino eterno,
mis señores y los tuyos?
¿Imaginaste en tu delirio
que iba a odiar la vida
y huir al desierto
porque no todos
mis sueños florecieron?
¡Aquí me siento y hombres formo
a mi propia imagen;
un género que sea igual a mí,
para sufrir, para llorar,
para gozar y alegrarse
y que no te respeten,
como yo!

Prometeo, Goethe

sábado, 2 de marzo de 2013

Literatura Vital (VI): Coplas a la muerte de su padre

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabare consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
e más chicos;
i llegados, son iguales
los que viven por sus manos
e los ricos.

Coplas a la muerte de su padre, Manrique J.

domingo, 3 de febrero de 2013

Literatura Vital (V): Lejos de Toledo

- ¿Por qué tiene los ojos vendados, abuelo?

El Borrachón guardó silencio unos instantes, dio una calada al cigarrillo y respondió:

- ¿Por qué? Míralo. El pobre cree que va caminando a lo largo del río, siempre derecho. Oye el ruido del agua y eso le alegra el corazón y lo llena de esperanza, porque todo camino, por largo que sea, tiene un principio y también un final. Y el burro anda y anda y tiene la impresión de que va por un camino recto, tendido como un hilo a lo largo de algún río. De noche, cuando ya es bien oscuro, lo desatan y se lo llevan a darle de comer y beber, y luego otra vez, antes de que salga el sol, le vendan los ojos y vuelve a andar y andar, y cree que la meta está muy cerca. Porque también los burros saben que si persigues una meta lejana, cuanto más caminas hacia ella, más te acercas.

- ¿Y hasta cuándo andará así?

- Hasta que un día caiga y su alma de mártir vaya al paraíso de los burros a descansar del largo camino. Entonces habrá encontrado la meta. Y esa meta es el reposo eterno (...) Así es la vida: un triste andar en círculos alrededor de un palo. Y el hombre, ¿acaso no gira siempre siguiendo el mismo círculo, creyendo que persigue alguna meta lejana? (...) Y el pobre anda y anda sin parar.

- ¡Pero los hombres no llevan los ojos vendados!

- ¿Quién te ha dicho semejante estupidez? ¡Eso sí que no me lo esperaba de ti! Claro que los llevan, hijo, y mucho. Pero la venda es invisible, no es como ésta, la del burro. La venda humana está hecha con astucia y cuesta distinguirla. Y además existen varias distintas. ¡Si supieras cuántas hay! ¿O qué te crees que producen todas esas iglesias, sinagogas, mezquitas y demás supuestos templos de Dios? ¿O todos esos farsantes charlatanes del parlamento? ¿Qué, sino vendas para los ojos? (...) ¿Y los manifiestos patrióticos, los ideales falaces por los que la gente muere en las trincheras, las doctrinas militares, las homilías con agua bendita y las esperanzas engañosas? ¡Vendas para los ojos y nada más! ¡Es así, chico! (...)

- ¿De dónde sacas todas estas cosas, abuelo?

-¿Cómo que de dónde? ¡Y aún me lo preguntas! ¿Acaso hay en el barrio un burro más burro que yo?


Lejos de Toledo, Wagenstein, A. 

sábado, 19 de enero de 2013

Literatura Vital (IV): Proverbios y cantares

¡Ojos que a luz se abrieron
un día para, después,
ciegos tornar a la tierra,
hartos de mirar sin ver!

***

Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.

***

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
Españolito que vienes
al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

Proverbios y cantares
Machado, A.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Literatura Vital (III): De mimbre

De mimbre

Yo sé porque retumba la tierra
en cada uno de sus pasos,
aun sin acabar de zurcir las heridas
de sus maldormidas noches,
resquebraja el suelo con atroces embestidas,
sumido su corazón en el más absoluto de los ostracismos,
sus latidos surcan el cielo y caen a plomo,
se embriaga de nada y la nada trenza,
haciendo de la nada un ser latente,
y a mí, aunque inmóvil, nimiedad a su lado,
me place ser polvo del rincón de sus penas,
me enorgullece ser algo etéreo en su alma,
amo y señor de sus perdidas miradas,
cuidador de su corazón de mimbre,
que, aunque arrecien los vendavales,
se doblará antes que partirse.

León manso come mierda,   Kutxi Romero (vocalista grupo "Marea")

sábado, 15 de diciembre de 2012

Literatura Vital (II): El mercader de Venecia

<< GRACIANO.- No poseéis buen semblante, signior Antonio; tenéis demasiados miramientos con la opinión del mundo; están perdidos aquellos que la adquieren a costa de excesivas preocupaciones. Creedme, os halláis extraordinariamente cambiado.

ANTONIO.- No tengo al mundo más que por lo que es, Graciano: un teatro donde cada cual debe representar su papel, y el mío es bien triste. >>

El mercader de Venecia, Shakespeare W.


<< PORCIA.- Pues bien, sea entonces. Uno de estos cofrecitos contiene mi retrato; si me amáis, me descubriréis seguidamente (...)

BASSANIO.- Las más brillantes apariencias pueden cubrir las más vulgares realidades. El mundo vive siempre engañado por los relumbrones. En justicia, ¿qué causa tan sospechosa y depravada existe que una voz persuasiva no pueda, presentándola con habilidad, disimular su odioso aspecto? En religión, ¿qué error detestable hay, cuya enormidad no pueda desfigurar bajo bellos adornos un personaje de grave continente, bendiciéndolo y apoyándolo en textos adecuados? No hay vicio tan sencillo que no consiga dar en su aspecto exterior alguno de los signos de la virtud. ¡Cuántos cobardes, cuyos corazones son tan falsos como gradas de arena y a quienes cuando se les escruta interiormente se encuentra el hígado blanco como la leche, llevan en sus rostros las barbas de Hércules y de Marte, con el ceño malhumorado! No se adornan con estas excrecencias del valor más que para hacerse temibles. Contemplad una belleza y veréis que está comprada al peso; una especie de milagro se verifica que hace más livianas a aquellas que tienen una mayor cantidad. Así, esos bucles dorados, enroscados en serpentina, que voltejean lascivos con el viento, sobre una cabeza de belleza supuesta, examinados de cerca resultan a menudo no ser sino los viudos de otra cabeza, cuyo cráneo que los sustentó yace en el sepulcro. El ornamento no es, pues, más que la orilla falaz de una mar peligrosa; el brillante velo que cubre una belleza indiana; en una palabra, una verdad superficial de la que el siglo, astuto, se sirve para atrapar a los más sensatos. Por eso te rechazo en absoluto, oro, alimento de Midas, y a ti también, pálido y vil agente entre el hombre y el hombre; pero a ti, débil plomo, que amenazas más bien que prometes, tu sencillez me convence más que la elocuencia, y es a ti al que escojo. ¡Que sea dichosa la consecuencia de esta elección! >>

El mercader de Venecia, Shakespeare W.


sábado, 8 de diciembre de 2012

Literatura vital (I): Cien años de soledad


<< En la neblina de la convalecencia, rodeado de las polvorientas muñecas de Remedios, el coronel Aureliano Buendia evocó en la lectura de sus versos los instantes decisivos de su existencia. Volvió a escribir. Durante muchas horas, al margen de los sobresaltos de una guerra sin futuro, resolvió en versos rimados sus experiencias a la orilla de la muerte. Entonces sus pensamientos se hicieron tan claros, que pudo examinarlos al derecho y al revés. Una noche le preguntó al coronel Gerineldo Márquez:

-Dime una cosa, compadre: ¿por qué estás peleando?
-Por qué ha de ser, compadre, por el gran partido liberal. -contestó el coronel Gerineldo Márquez.
-Dichoso tú que lo sabes. -respondió él-. Yo, por mi parte, apenas ahora me doy cuenta que estoy peleando por orgullo.
-Eso es malo -dijo el coronel Gerineldo Márquez.
Al coronel Aureliano Buendia le divirtió su alarma.
-Naturalmente -dijo-. Pero en todo caso, es mejor eso, que no saber por qué se pelea.
Lo miró a los ojos, y agregó sonriendo:
-O que pelear como tú por algo que no significa nada para nadie. >>

Cien años de soledad,  García Márquez, G.