Dos años de reinvención

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jueves, 21 de agosto de 2014

París ya no es una fiesta


Allá a lo alto, a más de doscientos cuarenta escalones de altura, se levanta la magnificencia, el Sacre Coeur, y un paraíso bohemio, al margen del bullicio de un París eléctrico y ajetreado. En otras palabras, ante nosotros se nos presenta el dandi rebelde y soñador frente al abogado racionalista.

No obstante, cuanto más se adentra el espectador al corazón bohemio, más cae en la cuenta de que nada queda de ese ambiente transgresor. Ni siquiera el espíritu de los artistas de la plaza es heredero de "la bohème". Los cientos de turistas que buscan como hienas un pedazo de arte prostituido y comercial pueblan ahora un Montmartre frío y decadente. Decenas de tiendas de souvenirs devoran el poco aire modernista que se respira en la placeta, mientras que el visitante indiferente ignora los escasos cafés de la época que allí permanecen para sentarse en una mesa de plástico frente a un ya común Starbucks, artífice de una nueva era en la que la poesía, la irreverencia, el jazz y el descontrol han quedado completamente obsoletos. 

Amantes del arte, París ya no es una fiesta. O, al menos, ya no es el París que antes bien conocíamos.

miércoles, 23 de julio de 2014

(Pre)Universitario

La mente es una enredadera de pensamientos y, por ello, de vez en cuando es conveniente deshilar todo lo vivido. Cuando se escribe un episodio de nuestro libro en tan breve tiempo lo mejor es, más tarde o temprano, recapitular, ordenar, reflexionar y valorar. Para dicha tarea debemos comparar, en primer lugar, nuestro yo interno antes de comenzar a escribir este trascendente fragmento y a posteriori, cuando nuestra pluma ha finalizado el capítulo.

En la comparación algunos encontrarán dentro de sí insignificantes cambios, mientras otros identificarán una evolución sustancial. Y esta página de mi libro vital, que ha sido redactado en letras de oro tal y como la ocasión merece, se ha traducido en un tránsito enorme, en unos ojos más abiertos y amplios, en unas manos más llenas y en un corazón más sincero y potente. Ya no late en mí una bomba con ritmo quejicoso e irregular, sino que se trata de un órgano que revitaliza un cuerpo antes cansado y ahora dispuesto a ofrecer. Ya no soy un Jean-Paul Sartre, que, arrojado al mundo, no guarda ninguna esperanza en este cruel mundo. Ahora me he convertido en un Albert Camus, que, ante una existencia absurda, sabe reaccionar y confiar.
En definitiva, he pasado de ser un indeciso preuniversitario preocupado más por un porvenir profesional que por otro personal y social a un ser ignorante con un poco más de ese espíritu universitario que antaño caracterizaba a estas grandes comunidades de estudiantes y profesores. No diré que soy un auténtico universitario -aún me queda un largo recorrido, quizás una vida entera, para descubrir qué es esto realmente-, pero sí estoy en predisposición para serlo algún día. ¿Y cómo comenzar esta evolución tan costosa? Aunando tradición y vanguardia, como hicieron los genios renacentistas o los magníficos autores de la Generación del 27. Esa, sin duda, es la clave: progresar sin olvidar todo el legado que sostenemos sobre nuestras espaldas. Universidad es crear, mejorar, pero también salvaguardar.

No te creas aquello de las escasas salidas laborales, porque en la antigua universitas este no era el principal objetivo. Ni siquiera debería serlo en este organismo actual que nada tiene de comunidad. Los pilares fundamentales siempre han sido la búsqueda de la verdad -¿tu verdad? no, la verdad; ven conmigo a buscarla, la tuya guárdatela-, la síntesis de saberes y sus relaciones, transcritas en una formación integral, y el servicio a la sociedad.

Gracias, pues, al programa Becas Europa por haberme envuelto durante tres semanas en una burbuja de perfección, la cual, a día de hoy, ha sido explotada por una punzante realidad. Gracias por haberme dado visión para comprobar que, a pesar de la decadencia, un día a día mejor y más prospero es posible. Es, ahora, nuestra responsabilidad hacer de este espejismo propio un oasis permanente para la sociedad.

Atrás quedó lo que ya ocurrió. Lo mejor, de nuestra mano, está por llegar.


jueves, 10 de julio de 2014

¿Para qué sirven las artes y las humanidades?

¿Para qué sirven las artes y las humanidades? ¿Para qué sirve la pintura, la danza, la música, la literatura? Es algo que todo el mundo nos pregunta y que, en ocasiones, hasta nosotros mismos nos cuestionamos. ¿Tiene valor práctico acaso saber distinguir entre un Monet y un Manet o rastrear en las grandes obras de la literatura universal los temas que han preocupado durante siglos al ser humano? Quizás no contribuya al progreso, como las ciencias, ni a impulsar el motor económico mundial. Mas, ¿por qué todo en la vida debe girar en torno a la practicidad?

“Eléctrica la luz, la voz y el viento, y eléctrica la vida”, dijo en uno de sus poemas Miguel Hernández. Este escritor autodidacta que cantó a la naturaleza, a la paz y a la vida retirada representa perfectamente lo que es ser humanista o artista. No queremos ser bullicio, agobio ni engranaje de una sociedad decadente. Queremos ser alma, vida, existencia y eternidad. Queremos que, en nuestro efímero transitar por el mundo, nuestro fruto como seres humanos quede grabado. “Caminante no hay camino, sino estelas en la mar”.

Pero ¿qué es el arte realmente? ¿A qué aspiran estos futuros grandes artistas? Marcel Duchamp, un dadaísta que presentó un urinario como una auténtica obra de arte, dijo que la concepción de arte reside únicamente en el espectador. Y no le faltaba razón. Cualquiera que admire Las meninas de Velázquez, le guste o no, sabe que es uno de los mejores cuadros de la historia. Pero ¿por qué? ¿Quizás por la armonía? ¿Por el efecto de espejos? ¿Tal vez gracias a los colores y tonos empleados? No tiene por qué, pues muchas otras pinturas prescinden de las técnicas propias de este autor. Entonces ¿cuál es la esencia del arte? El arte, en definitiva, es comunicación, y no solo a través del lenguaje verbal. Dicen que una imagen vale más que mil palabras y eso lo sabe tanto el artista que expresa lo que siente como el espectador que se siente identificado, suspira y disfruta del fruto del hombre.

¿Y qué decir de la literatura? Sobre su definición se han vertido ríos de tinta a lo largo de los siglos. Incluso autores contemporáneos, como el recién fallecido maestro Gabriel García Márquez, se han atrevido a ponerle definición a un término tan abstracto como este. Por ello, queremos recordar que Gabo, en la entrega del Nobel de Literatura, dedicó parte de su emotivo discurso a la poesía: “trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte”, dijo. Y concluyó, añadiendo: “es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía”. Y hoy, desde aquí, os invitamos a todos vosotros también a brindar por la poesía, “un arma cargada de futuro” como apuntó, por otro lado, Gabriel Celaya. Y no únicamente por eso. Brindemos, no solo por nosotros, los recién graduados, sino por las emociones, por la humanidad, por la literatura contenida en nuestras almas: por todos vosotros.

No podemos concluir, por supuesto, sin dar las gracias a aquellos que han hecho de esta experiencia transitoria como es el instituto un estilo de vida. Y no solo hay que dar gracias a nuestros padres y a estos estupendos compañeros y amigos. Gracias a Avelina, Amparo, Óscar, Rosa, Magdalena, Paco, Lola, Anabella, Belén, Loli, Marian, Elena, Piqueras, Fernando, Ana Belén y Mónica; gracias a todos ellos por vivir por y para las humanidades y las artes, por vivir por y para el ser humano.

¿Para qué sirven las artes y las humanidades?, decíamos al principio. Sabemos que, en un futuro, no lograremos curar una enfermedad mortal, ni sacar a la venta un invento que nos facilite la vida. Claro que lo sabemos. No obstante, nos consuela saber que aún tenemos un papel fundamental en la sociedad, pues con el arte, nuestro arte, hacemos de este absurdo y cruel mundo un lugar en el que al menos merece la pena vivir.


Discurso de graduación 2º Bachillerato Humanidades y Artes. Promoción 2013-2014

jueves, 26 de junio de 2014

Viaje al centro de la Universidad

Como la magnífica novela de ciencia-ficción del francés Julio Verne, Viaje al centro de la Tierra, yo, personalmente, deseo desentrañar los misterios de un indispensable organismo social con crecientes necesidades de remodelación y actualización: la Universidad. Para ello, lo mejor es viajar al centro, al corazón de esta institución para descubrir, en primer lugar, qué es y qué significa. Una vez descubierto esto y revelada su misión, deberemos cuestionarnos sus pilares y, ante todo, si actualmente se están cumpliendo los requisitos básicos que antaño se seguían a rajatabla para la búsqueda de tal fin. No obstante, esto tan solo son divagaciones: no traigo respuestas. Al menos por ahora no. Sí, es cierto que podría enumerar una serie de afirmaciones, pero, puesto que todavía son dubitativas y escasas en fundamentos, prefiero reservarlas. No os inquietéis, no tardaré en volver con soluciones, no únicas ni universales, pero sí válidas para mi más inmediato alrededor -paciencia, lectores, por algo se empieza: los asuntos pequeños pueden convertirse en auténticos debates globales-. Volveré pronto, lo prometo. O, al menos, volveré. Espero haberme enriquecido a mi vuelta y otorgar a la sociedad todo lo que vaya a proporcionarme humanamente esta irrepetible experiencia. Mientras tanto, vosotros seréis los encargados de intentar dar contestación a todos estos urgentes interrogantes.

Descubramos la Universidad. Trabajemos todos unidos. Pongamos nuestro talento al servicio de la comunidad.

Hasta pronto.

lunes, 26 de mayo de 2014

Fin de una etapa

A mis humanistas, compañeros de clase y, ante todo, amigos:

Cada instante en el que me desvivo por una obra literaria magnífica, por el descubrimiento de un nuevo vocablo con el que describir lo que siento, por una reflexión imposible que me atormenta, me desvivo también por ellos. Porque vosotros sois todo eso: sois poesía, sois un étimo, sois filosofía, sois yo. Sois quienes, en cierta manera, me habéis formado durante estos años, quienes han hecho del monótono trabajo una pasión, de un grupo con un fin puramente académico una familia. Sois quienes habéis forjado mi madurez; sois el pan de cada día, la fuente de mi conocimiento, las anécdotas más arraigadas a mi persona. Sois el énfasis de mi felicidad, pero también el inicio de mis dudas y preocupaciones.

Y a pesar de los disgustos, las largas jornadas, el agobio y el incesante tic tac que me persigue, habéis conseguido alegrar, acortar y atemporalizar mis días. Atemporalizar digo, porque este hilo común que nos une no es asunto ni sueño únicamente de un adolescente perdido o de un pasional preuniversitario. Esta gran comunidad que hemos formado derribará -al menos eso espero- los límites del tiempo e incluso del espacio. No habrá distancias ni años transcurridos si aquellas amenas e interesantes clases o las divertidas tardes de trabajos juntos siguen en nuestra mente. Solo el olvido podría finalizar con esto. Y esto es demasiado grande como para que una sola mente deje de recordarlo. Y más que una mente, un corazón, un alma inmortal, que es lo que, al fin y al cabo, los humanos somos: almas que vagan errantes y se han encontrado y que, a pesar de separarse, regresarán juntas de nuevo.

Y es que siempre nos quedará el retorno, ya no al pasado, sino a un presente alternativo. El presente es nuestro, recordad esto. Y, aunque ya no vayamos a caminar todos juntos, construiremos un futuro común, comprometido y esperanzador, de eso estoy seguro. Haremos que lo vivido y lo que queda por vivir merezca la pena.

Nos vemos en la siguiente parada, amigos.