Dicen que el teatro y la vida son lo mismo. La vida es un escenario vacío, para nada ornamental, en el que el actor efectúa su monólogo. El artista se encuentra completamente solo en medio de la escena y frente a un público inexistente. No hay más personajes, ni director, ni guionista. En esta existencia soy el único que puede actuar, dirigir y escribir mi historia. El teatro y la vida son lo mismo.
No obstante, existe una diferencia sustancial que nos hace distinguir entre ficción y realidad, si esto que vivimos puede ser considerado como cierto. "¡Acción!", clamaría el dramaturgo y la función comenzaría. "¡Acción!", nos ordenaríamos a nosotros mismos y la pieza teatral que es la vida jamás vería la luz. No habría acción, sino tan solo incertidumbre, pérdida, perplejidad, desorientación. Incompletos, no habría reacción al mandato, no haríamos de guía en nuestra propia vida, sino que esperaríamos que alguien o algo -ya sea Dios, la sociedad o un allegado concreto- nos dictara las normas de un juego incierto y azaroso. Estaríamos -y, de hecho, estamos- "arrojados" a la vida. Esa es la esencia que nos diferencia de una obra teatral.
Mas ¿por qué la ausencia de imperativos, consejos y guías nos deja desnudos ante lo que está por venir? Porque tememos ser libres, cualidad inherente al ser humano, que no hemos heredado, adoptado o aprendido. La libertad es la ley innata que nos gobierna y de la que, aunque quisiéramos, no nos podríamos deshacer. "El hombre está condenado a ser libre", dirá Jean-Paul Sartre. Debemos decidir hacia dónde encaminar nuestro día a día, aunque más bien tenemos que hacerlo. Somos los primeros y únicos responsables de nuestras acciones, que determinarán decisivamente nuestro futuro. Y este sentimiento de excesiva libertad, de desamparo, de soledad ante la vida, es la angustia. O en otras palabras, la naúsea, esa horrible sensación de malestar y congoja, es, en definitiva, el enfermizo síntoma de ser libre y estar arrojado a un mundo sin sentido en el que todo depende de mí.
***
<<Estamos solos, sin
excusas. Es lo que expresaré diciendo que el hombre está condenado a ser libre.
Condenado, porque no se ha creado a sí mismo, y sin embargo, por otro lado,
libre, porque una vez arrojado al mundo, es responsable de todo lo que hace. El
existencialista no cree en el poder de la pasión. No pensará nunca que una
bella pasión es un torrente devastador que conduce fatalmente al hombre a
ciertos actos y que por consecuencia es una excusa; piensa que el hombre es
responsable de su pasión. El existencialista tampoco pensará que el hombre
puede encontrar socorro en un signo dado sobre la tierra que le orienta; porque
piensa que el hombre descifra por sí mismo el signo como prefiere. Piensa,
pues, que el hombre, sin ningún apoyo ni socorro, está condenado a cada
instante a inventar el hombre.>>
El fin es el comienzo de algo nuevo. Los griegos concebían el tiempo como un ciclo. No hay principios ni desenlaces. No sabemos en qué parte de la circunferencia iniciamos nuestra travesía ni dónde precipitará, si nos reencontraremos con la esencia de lo vivido o si todo lo acontecido quedará atrás, caudal de ese ciclo.
El fin es el comienzo de algo nuevo. Los griegos concebían el tiempo como un ciclo. No hay principios ni desenlaces. No sabemos en qué parte de la circunferencia iniciamos nuestra travesía ni dónde precipitará, si nos reencontraremos con la esencia de lo vivido o si todo lo acontecido quedará atrás, caudal de ese ciclo.
El fin es el comienzo de algo nuevo. Los griegos concebían el tiempo como un ciclo. No hay principios ni desenlaces. No sabemos en qué parte de la circunferencia iniciamos nuestra travesía ni dónde precipitará, si nos reencontraremos con la esencia de lo vivido o si todo lo acontecido quedará atrás, caudal de ese ciclo.
El fin es el comienzo de algo nuevo. Los griegos concebían el tiempo como un ciclo. No hay principios ni desenlaces. No sabemos en qué parte de la circunferencia iniciamos nuestra travesía ni dónde precipitará, si nos reencontraremos con la esencia de lo vivido o si todo lo acontecido quedará atrás, caudal de ese ciclo.
El fin es el comienzo de algo nuevo. Los griegos concebían el tiempo como un ciclo. No hay principios ni desenlaces. No sabemos en qué parte de la circunferencia iniciamos nuestra travesía ni dónde precipitará, si nos reencontraremos con la esencia de lo vivido o si todo lo acontecido quedará atrás, caudal de ese ciclo.
Son muchos los días en los que sopla el viento y las callejuelas están vacías de almas errantes. El viento continúa su labor: arranca hojas de árboles, desplaza la arena de la playa y deposita todo lo arrastrado en algún espacio hueco. Su característica furia sigue presente, a pesar de que ya no hay nadie en el exterior que sea consciente de su actuación constante. No obstante, el viento sigue soplando, derribando cimientos, trastocando los elementos de inhóspitos lugares, enloqueciendo mentes jóvenes.
Esto es solo un inciso. Pronto habrá aires frescos en este blog, aparentemente abandonado e inservible. Solamente hace falta un respiro en el tiempo para que yo vaya a sentirlos. Pronto saldré a mi balcón a recoger todos esos pensamientos que el viento sigue perfilando silenciosamente, aquellos cabos sueltos que un día se llevó arrastrando. Únicamente quisiera que sepáis que todavía estoy vivo, que el mundo sigue cambiando y que, aunque la ciudad continúa estando desierta, en breves me hallaré allá fuera gritando, revolucionando, agitando. En fin, espero que, querido lector, sigas esperando, pues pronto volveré a mis orígenes: ser tan reflexivo como el eterno e inagotable viento.
Todas las tardes los seres humanos se asoman a su ventana particular. Fuera ven cómo diluvia y cómo ráfagas de aire arrancan las flores marchitas y las frágiles hojas de los árboles caducos. Mientras, dentro, los sujetos intentan concentrarse en sus monótonas y rutinarias vidas. Escriben un cuento sin argumento o, más bien, una historia cíclica que está condenada a repetirse. Como concienzudos escritores, reelaboran su obra con el fin de dar con la esencia justa de lo que se pretende contar. No obstante, esta ansía costumbrista de perfección provoca una cotidianidad exasperante y persigue un fin que jamás alcanzará, pues por mucho que lo intenta no logra avanzar en su argumento.
Una obra de Chejov, al fin y al cabo, es nuestra vida. Vida tediosa, insustancial y, aun así, sórdida; existencia que pretendemos aprovechar, pero que, paradójicamente, anclamos junto a nuestro balcón desde donde contemplar nuestro infortunado transitar. Porque en El tío Vania, La gaviota o El jardín de los cerezos, no ocurre nada fuera de lo normal. Porque en estas piezas teatrales todo es cotidiano, como nuestro insulso día a día. Y mientras pasan tardes y tardes de contemplación, el tiempo apremia, la juventud se despide y la muerte acecha. Sin embargo, en apariencia todo sigue igual. Todo sigue igual hasta que, repentinamente, Chejov, el guía inmortal de nuestro devenir humano, introduce en el desarrollo un acontecimiento inesperado. Y cuando algo cambia de un día para otro, por mucho que la ventana ahí permanezca y a pesar de que la monotonía siga dirigiendo nuestra vida, nada -nada de lo que antes fue- volverá a ser similar.
<< La intención de la neolengua no era solamente proveer un medio de expresión a la cosmovisión y hábitos mentales propios de los devotos del Ingsoc, sino también imposibilitar otras formas de pensamiento. Lo que se pretendía era que una vez la neolengua fuera adoptada de una vez por todas y la vieja lengua olvidada, cualquier pensamiento herético, es decir, un pensamiento divergente de los principios del Ingsoc, fuera literalmente impensable, o por lo menos en tanto que el pensamiento depende de las palabras. Su vocabulario estaba construido de tal modo que diera la expresión exacta y a menudo de un modo muy sutil a cada significado que un miembro del Partido quisiera expresar, excluyendo todos los demás sentidos, así como la posibilidad de llegar a otros sentidos por métodos indirectos. Esto se conseguía inventando nuevas palabras y desvistiendo a las palabras restantes de cualquier significado heterodoxo, y a ser posible de cualquier significado secundario. Por ejemplo: la palabra libre aún existía en neolengua, pero sólo se podía utilizar en afirmaciones como «este perro está libre de piojos», o «este prado está libre de malas hierbas». No se podía usar en su viejo sentido de «politicamente libre» o «intelectualmente libre», ya que la libertad política e intelectual ya no existían como conceptos y por lo tanto necesariamente no tenían nombre. Aparte de la supresión de palabras definitivamente heréticas, la reducción del vocabulario por sí sola se consideraba como un objetivo deseable, y no sobrevivía ninguna palabra de la que se pudiera prescindir. La finalidad de la neolengua no era aumentar, sino disminuir el área del pensamiento, objetivo que podía conseguirse reduciendo el número de palabras al mínimo indispensable. >>
Orwell, G., 1984 [Apéndice Los principios de la neolengua]
El Génesis, gran enigma donde los haya, ha sido planteado en todas y cada una de las culturas. Los griegos creían, por ejemplo, en Gea, Eros y Caos, las tres primeras divinidades a partir de las que surgió la totalidad de lo existente, mientras que los cristianos defienden que un Dios modeló nuestro mundo en 7 días, pero que el domingo descansó al ver completada su Creación. Son tantas las hipótesis planteadas acerca de esa sustancia intangible y primigenia -más tarde, con el inicio de la filosofía occidental, los griegos hablaron del arjé- que no sabemos a quién creer. Incluso la ciencia moderna se ha aventurado a postular una nueva teoría basada en una explosión llamada Big Bang a raíz de la cual se formó todo el Universo.
No obstante, la pregunta que nos preocupa en esta ocasión es: ¿qué queda fuera del Génesis? Quizás nada. No queda nada, si acaso el vacío del cual nació todo. Ni siquiera existen unas afirmaciones irrefutables sobre el origen -incluso la ciencia basa el Big Bang en hipótesis, pues todavía no puede fundamentar sus datos en pruebas tangibles-. Para ello deberíamos remontarnos a la acción o acontecimiento primario y buscar sus causas. ¿El Big Bang? Como hemos dicho, tampoco sabemos qué o quién lo causó, aunque se baraje una posible unión de partículas, cuya procedencia no se conoce con exactitud.
Comencemos, pues, nuestra búsqueda rastreando alguna similitud relacionada con esta gran incógnita en la vida cotidiana. Podríamos afirmar que -aunque también es una evidencia discutible- toda acción humana viene determinada por otra, el conocido efecto dominó. Usted, querido lector, está aquí leyendo esta entrada porque alguien le trajo a este humilde blog pero, a su vez, ese individuo cercano a usted recibió la noticia de la existencia de esta página web a través de otra persona o causa. Así nos podríamos remontar infinitamente sin sacar nada en claro. Por tanto, tuvo que haber algo que, al comienzo de todo, se moviera pero que, por el contrario, no se moviese. Nos sonará, sin duda alguna, al motor inmóvil del que ya habló el filósofo griego Aristóteles.
Sin embargo, no debemos desviarnos del tema. Puesto que no podemos definir una fecha o causa exacta del inicio del Génesis -sonará redundante, pero el Génesis puede considerarse un proceso-, intentemos llegar a la conclusión de cuándo se puso punto y final al origen. Podríamos exprimir nuestros sesudos cerebros sin llegar, en este punto también, a coalición alguna. No obstante, les ilustraré una de las múltiples posturas.
En primer lugar, tomemos como referencia de nuevo la teoría científica. Según los especialistas, todavía a día de hoy estamos sufriendo las consecuencias del Big Bang y es que, al fin y al cabo, el Universo sigue expandiéndose. Prueba de ello es el paso del tiempo, enemigo de todos los poetas. Tempus fugit. Y todo por culpa de aquella tremenda explosión. Mas, como todo proceso, el Génesis algún día deberá acabar y eso sucederá cuando las ondas causantes del tiempo cesen. Eso significará el fin del Génesis, del Big Bang o, por defecto, del inicio del Big Crunch, procedimiento en el que se volverá a repetir todo lo ya acontecido, pero a la inversa. Una vuelta atrás en el tiempo. Un auténtico "Retrogénesis".
No obstante, no planteemos más inconcluyentes hipótesis y adoptemos de una vez por todas esta postura: seguimos atrapados en el Génesis. Se emplea la palabra "atrapados" porque, a fin de cuentas, es la más correcta en este contexto. Los seres humanos somos, en definitiva, esclavos del tiempo, que nos arrebata la juventud y nos envejece día a día. ¿Qué queda fuera del Génesis, entonces? Ese era nuestro interrogante inicial. Nada más hay dudas al respecto. Lo que sí está claro es que los humanos estamos embarcados en el navío de los orígenes que, tras millones de años, sigue todavía a la deriva.
¿Existe acaso el soñado exogénesis que planteábamos? ¿Seremos capaces algún día de huir? Ante el rastro que nos ha dejado la historia del Universo, podemos afirmar a priori que nosotros no asistiremos al desenlace del Génesis. Lo que sí que es innegable es que, desgraciadamente, tendremos el papel protagonista en el que será pronto -¡maldito Génesis, traidor y único culpable!- nuestro más oscuro final.
Polvo eres y en polvo te convertirás...
Vídeo de dibujos animados basado en la tercera parte de la sinfonía del grupo británico Muse, Exogenesis
Durante este último mes hemos sido partícipes en los telediarios y periódicos de las revueltas violentas que han tenido lugar en Gamonal (Burgos) por la decisión del ayuntamiento de gastar casi 10 millones de euros de la partida de urbanismo en la construcción de un bulevar. Remarco el carácter violento, pues las manifestaciones desembocaron, ante la pasividad del gobierno, en imparables disturbios. No obstante, esto no solo ocurrió aquí, sino que ciudades como Madrid se unieron en apoyo a los ciudadanos burgalenses. ¿Resultado? Un auténtico caos. Una ciudad donde gobernaba la anarquía. Pero, gracias a dicha anarquía, los destrozos y el vandalismo, los habitantes de Gamonal consiguieron, hace poco, su propósito: el 17 de enero se paralizaron las obras.
De todo este conflicto podemos extraer dos conclusiones principales. Aunque opositores a la manera de actuar de los anarquistas, nadie puede negar la efectividad de sus acciones. ¿Acaso alguien pone en entredicho que si el pueblo no se hubiera rebelado violentamente contra el gobierno la construcción del bulevar habría cesado? Por supuesto que no. Parece ser que la única solución ante las desigualdades del día a día es echarse a la calle y causar terror, amén de esquivar las fuertes embestidas de los mastodontes policías. Solamente hace falta echar la vista atrás en la Historia. Los grandes cambios en el devenir histórico han estado asociados a las revoluciones populares violentas. ¿Revolución Francesa? Luis XIV guillotinado. ¿Revolución rusa? Toda la familia del zar fusilada. Es triste darse cuenta de cómo, al contrario de lo que la sociedad nos ha tratado de enseñar, la violencia es la única respuesta a cualquier desorden político.
Sin embargo, como animales cívicos que somos, no debemos someter la razón a la fuerza, sino que debemos buscar una alternativa viable y beneficiosa para todos. Y esa es la segunda conclusión de todo este embrollo: la imperante necesidad de un príncipe maquiavélico que acabe de una vez por todas con este desastre, que paralice la anarquía que estamos sufriendo, que busque el bien común y no el suyo propio.
Maquiavelo, filósofo renacentista, ya dejó constancia del gobierno que proponía en su obra magna, El Príncipe. Alejándose del pensamiento utópico de autores como Tomás Moro, inauguró la ciencia política y rastreó el pasado en busca de una forma de gobierno justa. Entre todas las posibilidades reales, se decantó por la república romana, sistema mixto entre democracia y aristocracia. No obstante, este italiano afirmó que hasta la mejor república se ve sometida a la ley de decadencia histórica, que provoca que todos los gobiernos terminen corrompiéndose. Por tanto, cuando se desemboque en una completa anarquía, la única salida es la instauración de una monarquía o principado que concentre todo el poder, con el fin de recuperar el orden social. ¿Significa esto que lo que necesitamos ahora mismo es una férrea dictadura o, quizás, un gobernante despótico? Claro que no. Maquiavelo dota a la figura del príncipe de dos características imprescindibles e indivisibles: la virtud y la prudencia.
En resumen, el gobernante ideal debe hacer que su interés coincida con el Estado y debe estar dispuesto a todo, incluso a actuar con maldad y a dañar a unos pocos con el fin de proporcionar seguridad a la mayoría. Su objetivo, al fin y al cabo, se reduce -tanto en el siglo XVI como en el XXI- a salvaguardar el bien común, derrocar a los ignorantes y parar esta incontenible anarquía.
En conclusión, necesitamos con urgencia un príncipe maquiavélico que desplace a este inútil gobierno, que dé existencia y vida a una ausente oposición y que sea un componente más de la lucha por la igualdad protagonizada por la gente de a pie. La lástima es que todavía no llega. Ojalá algún día el príncipe idóneo haga acto de presencia y acabe con esta democracia corrompida o, como algunos preferimos llamarla, la idiotacracia: el poder en manos de los incompetentes.